miércoles, 5 de septiembre de 2012

Havana gore/Juan de los muertos. Una crítica de Norge Espinosa

Publicado en http://www.cubacine.cult.cu/revistacinecubano/digital23/articulo31.htm

Havana gore/Juan de los muertos

Norge Espinosa
Norge Espinosa (Santa Clara, 1971), poeta, dramaturgo y crítico de teatro cubano. La mayor parte de los espectáculos que ha asesorado para el grupo Teatro «El público», ha merecido el Premio de la Crítica. Sus poemas se incluyen en antologías de poesía cubana en España, México, Estados Unidos y Cuba. Obtuvo la Orden por la Cultura Nacional y el premio Abril que otorga la Editorial homónima.

You´re gonna need a bigger zombie
Alejandro Brugués ha afirmado que su filme preferido es Jaws. Con ello quiere decir que el impacto de la película de Spielberg, conocida entre nosotros como Tiburón sangriento, provocadora en Cuba de una suerte de fiebre idéntica a la que supo desatar en tantos lugares del mundo a raíz de su estreno en 1975, lo acompaña tal vez desde la infancia. Ciertas pesadillas y ciertos sueños suelen exorcizarse solo produciendo otras tantas pesadillas, otros tantos delirios. La respuesta del joven director cubano, a partir de lo que pudo haber sembrado en sus noches de niñez y adolescencia aquel escualo plástico (el «Gran Mojón Blanco», como Spielberg lo bautizó ante la negativa del monstruo mecánico a funcionar según lo esperado en varias tomas), es Juan de los Muertos. Una película que quise disfrutar en la sala repleta, colmada de un público ansioso de ver La Habana mediante otras cotas de espectacularidad, y que saltaba de gozo en sus lunetas ante los efectos que convertían el caluroso paisaje en un ámbito donde Ed Wood, Regan MacNeil, Boris Karloff, Hal Warren, Dario Argento, Norman Bates, Frank-N-Furter, Abraham van Helsing, Morticia Addams, James Whale, Maila Nurmi, Eric Cartman y otras figuras de culto hubieran podido disfrutar de unas muy merecidas vacaciones, patrocinadas por George A. Romero, demiurgo del cine de zombies y no en balde heredero de ancestros cubanos. Llenar la capital de zombies, y crear un héroe que se autodefine como sobreviviente en otras clases de luchas (esta incluida), convierte a Juan de los Muertos, incluso antes de que pueda anunciarse su estreno oficial y se repitan las largas colas que activó durante la pasada y no tan colorida edición del 33 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en una entrada segura a la lista de los filmes de culto que la cinematografía nacional debería mostrar con menos pudor. Y entiéndase con ello que no hablo de los clásicos resabidos, sino acerca de esas otras producciones que, por rozar límites tan extremos, han terminado haciéndose de un lugar en nuestra memoria justamente por los excesos que les niegan o conceden el rango que tal vez las obras maestras más repasadas no podrán obtener. Cine de medianoche. Tanda doble. Cuidado: su vecino puede ser un zombie.
Un comité de zombies a la vuelta de la esquina
El cine de culto cubano contiene, así, obras tan distintas como Patakín, Siete muertes a plazo fijo, Patty Candela, El extraño caso de Rachel K., Casta de robles, o documentales que han demorado largamente en ser revalorizados, como P.M, Gente de la playa y Coffea arábiga. Filmes que en algunos casos asombran por la chapucería o ingenuidad que los identifica, y que en otros, por el contrario, deslumbran por sus adelantos, su estilización, sus calidades visionarias; que fueron incomprendidos en los días del estreno, y quedaron olvidados durante décadas. Entre esas películas, capaces de motivar el seguimiento y la adoración de fanáticos que pueden memorizar diálogos y fotogramas de esa cinematografía sumergida, algunas han conseguido unir los contrastes que desde la crítica y el fervor del auditorio dan a determinadas obras algo más que elogio y popularidad. Ahí está para demostrarlo Vampiros en La Habana, a la que ni siquiera su endeble y tardía secuela logró arrebatar el impacto vivo que goza desde su estreno. Los bocadillos y mejores chistes de ese filme de Juan Padrón se adhirieron ya a la memoria colectiva del cinéfilo cubano, y su procacidad y desparpajo, provenientes de los Filminutos del mismo director, nos recuerdan esa fascinación que, también desde el humor, puede regalarnos lo terrorífico. En lo que se demora en llegar esa mirada al cine de culto producido en Cuba, mientras otros hacen encuestas sobre los mejores momentos de nuestra cinematografía y olvidan hacer algunas sobre las peores secuencias, películas, carteles, guiones y actuaciones de la pantalla nacional, Juan de los Muertos revive todo esto, en una Habana de nuevo milenio en la cual, cómo no, por qué no, un comité de zombies puede agitarse a la vuelta de la esquina. Tropicalizar los demonios de Shaun of the Dead resulta, entonces, una invitación a revisitar todo ese panorama con un gesto menos ingenuo y, sin dudas, más subversivo.
 
 Juan (Alexis Díaz de Villegas) y Lázaro (Jorge Molina) 

Afortunadamente, la película no se llama Zombies en La Habana. Juan de los Muertos es no solo el título del filme, sino el eje, en tanto personaje e ideología, que mueve toda la trama. Juan es un cubano con los pies en la tierra que debe, repentinamente, creer en algo que lo sobrepasa. Sin que jamás se expliquen las causas, la capital de la Isla empieza a poblarse de zombies, en un remedo de otros filmes semejantes que también debe al cine Z, pero que mira con arrobamiento hacia La noche de los cuerpos vivientes y tantas joyas oscuras de ciertos subgéneros. El resultado es un filme explosivo, hecho a trazos de brocha gorda, con humor de sal gruesa, gustoso de un aire cercano al comic, a la vez que impregnado de un sentido del desacato y la humorada que hacen de La Habana algo más que paisaje. Juan de los Muertos recoge el guante de Padrón y sus vampiros para explicarnos de qué manera pueden convivir el horror y el choteo, salpicando un entorno que no deja fuera de sus fotogramas la saturación de matices políticos, la machacona y simple manera con la cual la televisión y otros medios insisten en «explicarnos» una realidad en la que estos y otros acontecimientos repentinos podrían no tener una causa lógica. La irreverencia del filme opera por contagio; de ahí que puedan combinarse, durante la misma proyección, algunos gritos de horror y una oleada firme de carcajadas. Alejandro Brugués nos recuerda que somos extremos vivientes. Es por ello, y no solo por sus bromas digitales, por su apego a efectismos no siempre necesarios, y por escenas que hubieran podido quedar en la sala de edición, que nace mi deseo de ver anunciada esta película en los mejores cines de la Isla. Y también en los de condiciones menos óptimas, ausentes de la cartelera del Festival mismo, porque todo el mundo tiene igual derecho. Debería tener igual derecho.
Con una banda de amigos integrada por Lázaro (Jorge Molina) y su hijo Vladi California (Andros Perugorría); La China (Jazz Vilá) junto a El Primo (Eliecer Ramírez), y su hija Camila (Andrea Duro), Juan de los Muertos (Alexis Díaz de Villegas) decide sacar partido a la invasión de zombies cobrando por librar a los ciudadanos de la amenaza que tales monstruos representan. El filme está poblado de cameos, algunos memorables, como el de una deliciosa Elsa Camp en la mejor línea de la Ruth Gordon de El bebé de Rosemary, lo que permite reconocer a varios de los mejores actores cubanos representando papeles mínimos en esta trama tan delirante. Baste recordar, también, a Diana Rosa Suárez, Luis Alberto García, Blanca Rosa Blanco o Eslinda Núñez como la presidenta del CDR en la reunión durante la cual irrumpe uno de los primeros monstruos. Gracias a un cuidadoso trabajo de maquillaje y de dirección de arte (Derubín Jácome), lo que parecería difícil de creer va ganando una escala ante nosotros en la que, sin apelar a la tecnología más aguzada y costosa, los ingenios del equipo de postproducción se las arreglan para que veamos a un helicóptero estrellarse contra el Capitolio (como en La guerra de los mundos en su versión de los años cincuenta), o derrumbarse el edificio Focsa para que el auditorio ovacione. La fotografía y la edición de Carles Gusi y Mercedes Cantero se confabulan para que creamos en los destazamientos de cuerpos, en la marcha submarina de los zombies, y en una Habana que se va multiplicando en ruinas y acaba con La Rampa cubierta de automóviles destrozados, a la manera del camión que se estrella contra el cartel que proclama «Revolución o Muerte». La Plaza de la Revolución y otros sitios de fuerte carga política son inundados por muertos vivientes, en planos que tal vez muchos hubiesen creído imposibles, dada la sacralización que esos mismos espacios han tenido en el propio cine cubano durante los últimos cincuenta años. Los zombies son tildados de disidentes a lo largo del filme, producto de una invasión supuestamente pagada por un gobierno enemigo, y ello da pie a una lectura tan gozosa como desparpajada de ciertas zonas de lo que somos, del modo estrecho y político en el que se nos describen varias posibilidades. Pero el único personaje dispuesto a explicar qué son exactamente estos invasores, y por qué se encuentran entre nosotros, muere antes de revelar su secreto, del modo más estúpido, con lo cual la broma del director se refuerza: justamente no darnos una clave que otros considerarían imprescindible y lógica. El espectáculo tiene que ser otra cosa, incluso algo que no precisa de argumentaciones más sólidas. Eso le otorga a Juan de los Muertos mucho de su fuerza en términos irreverentes, al tiempo que le aporta no pocas de sus debilidades narrativas. Porque no se trata de exigirle razones y clarificaciones más obvias, sino de equilibrar el tono desaforado del filme a fin de que no queden cabos sueltos, ideas poco desarrolladas y aprovechadas, o chistes que por sí solos no rebasan un valor demasiado inmediato.
El rejuego con lo político que expone el guion, a partir de que un encartonado locutor televisivo anuncia la oleada de indisciplina social causada por grupúsculos de disidentes pagados por el gobierno de los Estados Unidos, conduce a otros planos de comentarios que permiten sobrepasar la simple maniobra de limpieza de zombies en la que se adentra Juan con su tropa insólita. Él mismo lo dice: «Los disidentes son lentos, por lo menos eso está a nuestro favor». Luego, sin embargo, queda claro que se trata de algo más. Cómo reconocer a los zombies entre los no infectados si todos parecen comportarse como tales, dice otro personaje aduciendo la monotonía y rutina de todas sus vidas. La efectividad de tales chistes o claves depende en gran medida de lo que cada actor le aporte. En ese sentido, Alexis Díaz de Villegas justifica a plenitud el que Alejandro Brugués lo haya anunciado desde los primeros esbozos del proyecto como el único actor en el que confiaba para tal papel. Proveniente de una destacadísima trayectoria en el teatro, con apariciones ocasionales en la televisión y el cine, Alexis ha sabido madurar todo lo que trae consigo para hacer de Juan un hombre de todos los días, un cubano en el que podamos creer a sabiendas de su naturaleza de luchador implacable. «Este es el Paraíso y nada podrá cambiarlo», asegura Juan, negado a huir hacia Miami, listo para continuar la lucha por sí mismo. Y quizás, también, para una secuela.
A su lado, Jorge Molina crea un Lázaro que consigue una rápida empatía con el público a partir de su descaro, su conducta impropia, en sabroso contrapunto con Juan. Logra incluso que un largo momento, la espera del amanecer tras el cual sabremos si está o no infectado, se haga soportable, para culminar con un hermoso plano en el que ambos compadres ven la salida del sol, sentados ante el célebre lumínico del Hotel Habana Libre. Jazz Vilá pone en simpático peligro las normas del buen ser, en estos tiempos de otra lucha por la diversidad sexual, sacando a flote una China armada de un tirapiedras letal, tan preciso como sus chistes más procaces. Andros Perugorría y Andrea Duro quedan por debajo del carisma que estos actores y hasta algunos de los zombies logran aportar al metraje, con una escena de romance verdaderamente fatal, que bien hubiera merecido un retake. O un zombie que los hubiera interrumpido. Quién sabe si, de existir esa secuela que imagino, puedan volver con mayor seguridad a los mismos roles. Let´s pray.
 
  Vladi California (Andros Perugorría), Camila (Andrea Duro), Lázaro y Juan 

A lo largo del visionaje, sentí no pocas veces que Brugués tenía en las manos una idea valiosa, aunque no siempre tenía firmes sus riendas. El tono general del filme, que posee una banda sonora en la que los ecos de Irakere y su Bacalao con pan son lo más memorable, lucha contra esa impresión. Pero también ello identifica y singulariza a Juan de los Muertos: sería otro filme y merecería otro comentario de no contener tanto nervio crispado. Mucho le costó a Steven Spielberg el guion sólido a partir del cual hizo de Jaws el primer blockbuster; incluso el cine destinado a arrancar gritos al lunetario debe sostenerse mediante un cuidadoso trabajo de escritura y ajuste de detalles. Si como Brugués asegura, piensa dejar a un lado por ahora a los zombies, le deseo que regrese al cine de género con la misma ansiedad, con la misma impaciencia, y con un mayor control de algunos de sus puntos argumentales. Gracias a él, La Habana ha sacado a la luz del día varios de sus monstruos. Y han sido acogidos, como corresponde a ciertos tópicos de nuestra idiosincracia, mediante la mezcla de respeto y desparpajo, con la que también hemos entonado congas de recibimiento incluso a personajes de muy alto rango. Espero que ese haya sido un gesto liberador, y que otras historias no menos delirantes puedan hacer de la capital, y de Cuba, un escenario capaz de asombrarnos con tramas y personajes menos previsibles. En un país que cambia tan rápido. Y que puede contar historias tan estremecedoras. También en su cine.
Mami, ¡llegaron los zombies cubanos!
El cine nacional ha despedido el año 2012 con dos películas que podrían marcar la apertura hacia esas otras sendas. En Verde verde, a dos décadas de Fresa y chocolate, Enrique Pineda Barnet, Premio Nacional de Cine, nos recuerda que los deseos homoeróticos exigen respeto e independencia no solo simbólica, sino a través del cruce de cuerpos, sangre y sacrificios. En Juan de los Muertos, el derecho a imaginar otras visiones, a recrear lo que somos a partir de extremos cercanos al pulp fiction, llega finalmente a la pantalla grande cubana, con un respaldo de producción –La Zanfoña Producciones (España), Producciones de la 5ta Avenida (Cuba), entre otras– y economías que alcanzarán una resonancia mayor cuando el filme comience su carrera internacional, a partir de enero, dejando atrás los festivales donde ha sorprendido. En cierto modo, tal vez casi secreto y menos cómodo de lo que hubiesen preferido otros, estas películas indican un punto de giro hacia cómo asimilar esas historias y estos personajes de un modo que rebase la consigna, la campaña de salud u orientación social, y la sonrisa conciliatoria. Todos ellos están entre nosotros. Y tal vez la analogía de deseos y sangre con el terror no tenga esta vez, necesariamente, que ser asumida como un síntoma de inferioridad, sino como la expansión de un concepto social donde elegir una actitud y una conducta nos haga más honestos. No sé si después de la castración y la culpa de Verde verde tendremos que aguardar otros veinte años antes de que nuestros cineastas miren a los homosexuales con mayor atrevimiento. O si tras Juan de los Muertos otros se atreverán nuevamente con el cine de horror, con el thriller, y otros fragmentos dispersos, para volver a convocarnos como una multitud dispuesta a compartir en la sala oscura gritos y risas. Pero tengo fe y espero. Sentado en el Malecón al que mira el amplio ventanal de Verde verde, y sobre el cual salta Juan para recomenzar su batalla contra los zombies. Esa fe me acompaña, en la misma Habana que cruza tales páginas. Ellos volverán.

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