domingo, 21 de octubre de 2012

R.I.P.(E.P.D.) Silvia Kristel y Koji Wakamatsu

Hoy hago una entrada triste en el blog. En estos días se han ido dos figuras del séptimo arte grandes cada una a su manera. Ella, representó el mito erótico más famoso del cine, ejemplo de la mujer liberada autosuficiente y pansexual. El, uno de los directores más viscerales, independientes e irreverentes del cine moderno y padre del pinku eiga. Ella, Silvia Kristel, la bella holandesa que a los 21 años en 1974 se convirtió en ícono sexual global y un poco después en uno de mis objetos masturbatorios de adolescencia (Qué envidia le tengo a Ian McShane). El, Koji Wakamatsu, ex-yakuza, productor y director (Entre sus joyas como productor está El imperio de los Sentidos de Najisa Oshima) de cintas políticamente incorrectas y antisistema, cargadas de erotismo, violencia y denuncia social.

Nacida en Utrech, Holanda, en 1952, la actriz  primero fue secretaria  y  después modelo. Fue descubierta casualmente por uno de los colaboradores del fotógrafo Just Jaeckin, mientras veían un comercial.  Jaeckin le ofreció protagonizar el que fuera el gran papel de su vida, "Emmanuelle", la que en los años setenta la convirtió en un mito erótico mundial. La sensual imagen de la joven Kristel de mirada entre inocente y pícara, pelo corto, sentada en un exótico sillón de mimbre y con un collar de perlas sobre sus senos desnudos, le devolvían "la razón" a mi abuelo que está muerto.  Muchos dirán que "Emmanuelle" era una basura «camp» con pretensiones esteticistas. A mí me gustó, la jeva estaba linda, la música melosa y en su conjunto la cosa tenía mojo. Que se vayan directamente a la pinga. Sylvia Kristel, fallecía en Amsterdam víctima de un cáncer. Tenía 60 años de edad.


"Wakamatsu debutó en el cine en 1963 con una película para adultos "Amai Wana" ("Dulce trampa"). Era considerado padre del "pinku eiga" (películas niponas de contenido erótico). Varios de sus filmes estuvieron envueltos en la polémica por su alto contenido erótico, violento y político.
"Mizuno nai puuru" ("Una piscina sin agua") le otorgó el respaldo de la crítica y le abrió las puertas a los festivales internacionales de cine. "Sennen no yuraku" ("El rapto del milenio"), su último film, participó en el reciente Festival de Venecia. Murió a los 76 años atropellado por un taxi que imagino, conducía un imbécil.

Pués hoy les hice mi particular homenaje a estas dos figuras proyectando un double feature compuesto por Caterpillar (2010) y Emmanuelle (1974), dos películas bastante diferentes y ajenas a las nuevas generaciones de estudiantes de cine. De la proyección de Caterpillar, algunos estudiantes no pudieron aguantar la crudeza de sus imágenes y dejaron la sala perturbados. Que se dejen de comer mierda y se pongan pa las cosas, que el cine fofo y pajero de gente que camina desde el horizonte hacia cámara que les arrebata, no tiene cabida en el universo moliniano. Mientras redacto esta entrada, se proyecta Emmanuelle, tampoco la conocían. Sobreviven en la sala un grupo de curiosos que les motivó la presentación previa que hice del filme.

martes, 16 de octubre de 2012

¡Gíbaros! en el Cine Chaplin



Presentación de las primeras historias terminadas del largometraje Gibaras.
por Yolanda del Campo 
 
Del 17 al 24 de octubre en el Cine Infanta de la Habana habrá una programación especial de los audiovisuales premiados en las diferentes ediciones del Festival Internacional de Cine Pobre 
En la inauguración de la muestra se proyectará ¡Gíbaros! en el Cine Chaplin, un cortometraje de los egresados Ramiro García Bogliano  y Jorge Molina que forma parte del largometraje Gibaras
La muestra de los audiovisuales premiados en las distintas ediciones del Festival Internacional de Cine Pobre será inaugurada el día 16 en el cine Charles Chaplin, en donde asistiremos  la presentación de las seis primeras historias terminadas del largometraje Gibaras —compuesto por 14 relatos y filmados todos en esa zona holguinera, donde tiene lugar el importante evento cinematográfico.
Producidos por la Oficina del Festival de Cine Pobre, El Central Producciones, La Villa del Cine y el Icaic, los títulos de esos trabajos finalizados que el público podrá disfrutar son: ¡Gíbaros!, de Ramiro García Bogliano y Jorge Molina; Adonis, de Elie Pangueira; De Gibara con amor, de Alejandro Fernández; Belleza, de David Moreno; La forastera, de Arturo Santana; y Puro amor, de Claudia Rojas.
¡Gíbaros! es un cortometraje que formará parte del largo Gibaras, rodado durante el último festival de Cine Pobre por varios realizadores. El caso de ¡Gíbaros! es un corto de cine instantáneo, al más puro estilo de creación surrealista, automatismo psíquico puro ideado, producido y realizado por Ramiro García Bogliano y Jorge Molina, ambos graduados de la EICTV. También están vinculados al corto Rubén Valdés, egresado de sonido, Emmanuel Peña, estudiante de edición, y el profesor Pancho Adrianzén.
Esta experiencia audiovisual de García Bogliano y Molina cuenta lo que sucede cuando el amor se transforma en una especie de adicción en donde los involucrados se sumergen en una espiral sin retorno. Rutger un trabajador del astillero y Saskia, una ama de casa, son una extraña pareja que se ama con pasión. Cuando Saskia siente amenazada su estabilidad emocional es capaz de cualquier cosa y le exige a Rutger de manera enfermiza demostraciones  cada vez más difíciles de la pureza de su amor. 
El equipo de ¡Gíbaros!  lo componen: Mónica del Carmen, Rebeca Proenza y Jorge Molina en la actuación; Yamil Santana en la dirección de fotografía; Marcel y Ramón en la dirección de arte y maquillaje; Rolando Valdés en FX; Emmanuel Peña en Edición; Irina Carballosa en sonido; Francisco Adrianzén y Rubén Valdés en la mezcla; Angelo del Castillo como productor de rodaje; Jorge Molina y Ramiro García Bogliano como productores ejecutivos; Jorge Molina como productor y consultor creativo, y Ramiro García Bogliano en el guión y la dirección. 

lunes, 15 de octubre de 2012

PERIODO ESPACIAL




1966, en plena Guerra fría, el socialismo internacional vive su momento más triunfalista y Cuba no es la excepción.
En su séptimo año de Revolución, el Estado cubano, apoyado por el poderoso bloque soviético, comienza la ambiciosa misión de llevar el comunismo a Marte. Para esto envía una expedición con la vanguardia del proletariado, un grupo de cosmonautas revolucionarios, elegidos estratégicamente. Pero la nave, construida en Moscú, tiene todos sus controles y manuales en ruso. Un error en la traducción de una de las funciones de navegación hace perder el rumbo, dejándola desconectada de la tierra  y a la deriva.
Muchos años después, la nave, bajo las órdenes de la computadora madre, un viejo aparato incoherente y con una total escasez de recursos, continúa su viaje perdida por el cosmos sin poder dar con el planeta rojo, pero sin dejar de intentarlo. A estas alturas, los cuerpos de los tripulantes son afectados por el paso del tiempo de distintas maneras, mientras en una infinita búsqueda intergaláctica, descienden en todos los planetas que encuentran a su paso.Periodo Espacial es un ejercicio de televisión realizado por los estudiantes de tercer año de la EICTV.











miércoles, 3 de octubre de 2012

JUAN DE LOS MUERTOS FAN ART

 Aquí un correo y un art work que me envió el amigo Jaime Molina,  artista de la plástica colombiano, después de haber visto Juan de los Muertos. Más abajo los link a su blog y galería.

Maestro Molina
me tomo la molestia de escribir por que vi la película Juan de los muertos y debo confesar que me gustó mucho, me reí mucho a pesar que hubo cosas que no entendí de la cotidianidad cubana.
bueno respecto al dicho de Juan que reza que sobrevivió a varias partes bueno, leí acerca y entendí lo de Angola, Mariel y el periodo especial...pero lo de la "cosa esa que vino después"  eso si no jejejeje

hice un fan art de la partícula espero que le guste.

felicidades por su trabajo.

Jaime Molina 

sábado, 29 de septiembre de 2012

TERENCE



Ayer 28 de septiembre a las 4:00 p.m. en el Centro Cultural Fresa y Chocolate se presentó el número 5 del BISIESTO CINEMATOGRÁFICO, publicación asociada  a la Muestra de Nuevos Realizadores, esta vez dedicado al malogrado cineasta cubano Terence Piard .  Yo no pude estar porque estoy ensayando para un próximo rodaje, pero a continuación comparto con ustedes el texto que escribí sobre mi querido amigo que aparece publicado junto al de otros que le conocieron.

TERENCE

Por Jorge Molina

Corría el año 1986 y dos amigos y yo, jóvenes estudiantes de arte, estábamos a la caza de Tomás Piard el legendario director independiente, creador del cineclub Sigma y padre espiritual de toda una generación de jóvenes que perseguían un sueño casi utópico: hacer cine en Cuba. Llegamos a un pequeño apartamento en el Vedado, una señora nos recibió y nos dijo que no nos fijáramos en el reguero de la pequeña sala, atiborrada de vestuarios, telas, utilería, papeles, una claqueta y montones de cosas más. Tomás preparaba su nueva película, creo era su primer largometraje, Ecos, la Cecilia del cine independiente.
Ahí fue la primera vez que lo vi. Era un adolescente flacucho de mirada tranquila que estaba por ahí como quien no rompe un plato (con ese cuento, tiempo después se convirtió en su marca de fábrica: una especie de galán a lo roquero argentino tipo Fito Páez con un aura de chico frágil que no dejó títere con cabeza. Tenía un montón de mujeres. ¡Qué cabrón!). De pronto, se escuchó la voz de la señora que no era otra que su abuela: «Terence busca tal cosa…», no recuerdo bien exactamente qué era. Se llamaba Terence. Sus padres le habían puesto ese nombre por el actor inglés Terence Stamp, actor favorito de Tomás. 
Ese día no era otro diferente a su cotidianidad. Desde muy pequeño estaba al lado de su padre en todas sus aventuras cinematográficas, por lo tanto vivía y respiraba cine 25 horas al día. Y, por supuesto, sus primeros pasos en el audiovisual, los dio junto a Tomás en el Cine Club Sigma, espacio aglutinador de una pléyade de jóvenes locos por hacer audiovisuales. A partir de ahí le perdí la pista hasta la mitad de los 90, ya yo me había graduado en la EICTV de San Antonio de los Baños, había rodado un par de cortos que habían adquirido cierto culto entre los cinéfilos y nos volvimos a encontrar para sellar una amistad-hermandad solo truncada con su absurda muerte en la playa de La Fajara (La Laguna, Tenerife) en agosto de 2004.
Para esa fecha, Terence ya había dirigido —siendo un adolescente—, el mediometraje de ciencia ficción Figuras en el paisaje (1987), por el que mereció el premio especial y el de la mejor banda sonora en el Festival Cine Plaza,  y más adelante los cortos Salto (1998) y Retrato vacío (1999). Seguía siendo el mismo cinéfilo empedernido capaz de consumir cualquier película que cayera en sus manos, desde la bazofia más zetoza hasta la más rebuscada película húngara de arte y ensayo. Recuerdo que Tomás discutía y a veces se burlaba de nosotros porque no entendía como gastábamos neuronas en ver películas «malas» de ilustres desconocidos para el cinéfilo «arty» como Jess Franco, William Lustig, Armando Bo o Ray Dennis Steckler y, por el contrario, no nos apasionábamos por clásicos como Tarkovski. Le contestábamos que además de ser divertido, así aprendíamos mejor, a no rodar de esa manera, que con las buenas aprendíamos poco porque eran perfectas y no había por donde cogerle.
No solo compartíamos esa pasión desmesurada por el cine, sino también por la música rock viniera de donde viniera, preferentemente hard rock o heavy metal y la literatura más perturbadora y extraña. Con su partida se fueron con él muchos de mis discos y libros bizarros. Amigo de sus amigos —porque tenía muchos—,  para Terence, todo el mundo tenía valores positivos: nunca lo escuché hablar mal de nadie ni lo vi metido en algún brete o miserias humanas tan características en el mundo del arte. Así era él.
            Terence  seguía obsesionado con estudiar cine, y a pesar de algunas almas oscuras reticentes a su entrada, logró para suerte de todos los que le queríamos, ingresar en la EICTV de San Antonio de los Baños, donde aun trabajo como encargado de Extensión Cultural y en esa época también era asesor de dirección en los ejercicios de tres minutos de la polivalencia. Desde ese momento me convertí prácticamente en su hermano mayor y mentor. 
En cuanto proyecto estuve  involucrado él participó como colaborador en alguna área específica. Recuerdo cuando rodábamos  Molina´s Solarix, Terence era el script y una tarde desapareció a la hora del almuerzo y regresó a media tarde cuando ya habíamos tirado cuatro o cinco planos más.  Sigiloso como para que yo no me diera cuenta, reportes en mano, se acercó al actor principal para preguntarle por cuál plano andaban. El actor Ricardo Becerra —que es tremendo jodedor—, le dijo que me preguntara a mí. Terence le contestó que no, que yo como director estaba muy ocupado con el rodaje y él no quería molestarme con esas pequeñeces. Ricardo me miró, Terence me miró, los tres nos miramos al más puro estilo Leone, silencio y, nos cagamos de la risa. Con esa aura y buena vibra que le rodeaba era muy difícil para mí encabronarme con él. Imagino que estaba terminando de ver alguna película finlandesa rara o «enredao» con alguna jevita en su habitación. En la escuela dio rienda suelta a su pasión y cinefilia —virtudes no demasiado comunes entre sus estudiantes— y a su fascinación por los géneros cinematográficos en completa libertad. Así comenzó una búsqueda que inició con el thriller mezclado con el absurdo, el splatter, la psicotronía  y el kabuki en Carniçeiro (2002), su ejercicio de tres minutos, en 16mm y hablado en portugués, el terror sobrenatural en su ejercicio de pretesis Eso (2002), y terminó con temáticas no tratadas o escasamente tratadas en el cine nacional como las drogas en el documental En vena y la marginalidad y las sustancias sicotrópicas en Bajo Habana.
Juntos realizamos El Sexo y la Bestia especie de versión camp del relato clásico La Bella y la Bestia fotografiada por Raúl Rodríguez y protagonizada por la actriz Zulema Clares y por mí. Todos estos trabajos no exentos de imperfecciones pero llenos de  riesgo y pasión, auguraban el cineasta que vendría. Con obras tan conmovedoras como el documental En vena (2002) y el corto de ficción Bajo Habana (2003), su tesis de grado, y habiendo probado por dónde iba su discurso, salió de la escuela con sus cortometrajes bajo el brazo a recorrer festivales y  a conocer el mundo que falta le hacía y nos hace a todos. 
Comenzó a preparar el que sería su primer largometraje: Accidente, basado en una experiencia autobiográfica, la muerte de uno de sus mejores amigos en similares circunstancias a las que un tiempo después moriría él.  La última vez que nos comunicamos me escribió un exaltado e-mail en el cual como un niño ante un juguete nuevo me dijo haber descubierto a la terrible condesa Bathory y estaba fascinado con el personaje. Le remití a un maravilloso texto sobre ella que había escrito la poetisa Alejandra Pizarnik, titulado La condesa sangrienta para que lo estudiara y quizás pensáramos algo juntos sobre el personaje y la posibilidad de realizar un filme. Desgraciadamente eso no pudo ser. ¡Lo extraño con cojones!

viernes, 28 de septiembre de 2012

Antropología de los zombis



publicado en la revista Espacio Laical digital 2/3012

Antropología de los zombis
Por Justo Planas
En pocos meses la generación de cineastas de los 2000 ha ido cambiando el rumbo de su barco, y con ellos el séptimo arte cubano casi en su totalidad. El Léster Hamlet de Tres veces dos (2004) vuelve a cantar la prolongación de un amor más allá del tiempo, de sus circunstancias con la actual Fábula. Sin embargo, en esta última película es Cuba quien le impide a los protagonistas defender los sueños de una relación: vivir juntos, tener hijos, comer perdices...
Arturo y Cecilia pasan por todos estos estados de manera traumática, blandiendo la alegría en el sentido más cubano de la palabra, esa alegría que mantuvo nuestro espíritu a salvo de la desesperación y la amargura durante el Período Especial. Los padres de él, dueños y señores de la moral de otra generación, de otras formas de ver la vida, y dueños también de una casa: del Hogar; le niegan la posibilidad a la pareja de irse a vivir allí. La madre de Cecilia, mujer práctica y mundana que se multiplica cada día más, acepta a regañadientes a la nieta, pero no al yerno, un filólogo muerto de hambre e irritantemente feliciano.
Habría que decir que este filólogo renunció a una tentadora emigración por Cecilia, que  (como la de Solás) se convierte durante ciertos diálogos en una representación de Cuba toda. La pareja elige vivir aquí: llega a decir incluso “Yo soy fan a Cuba”, pero es este aquí precisamente el que les impide seguir juntos. Y en esa disyuntiva, que anuncia Fábula desde el primer plano, concluye la película.
No puede pedírsele al director Léster Hamlet definiciones cuando los actuales personajes cubanos navegan por la incertidumbre. Habría que decir que en estos filmes no se responsabiliza a ninguna autoridad sino al pueblo cubano mismo por aplastar todo intento genuino de felicidad, todo esfuerzo por trascender la grisura.
En el caso de Marina (Kiki Álvarez) podemos constatar mejor la inconsistencia del tiempo, la monotonía en que parece sumirse esta definición cinematográfica del pueblo cubano. Tenemos la sensación de que en el filme no pasa nada, de que se avanza poco. Y esta sensación no predomina porque a la protagonista, Marina, le suceda poco durante el filme, sino porque estas experiencias que vive no la llevan a ningún sitio, redundan en el despropósito existencial de todo el pueblo de Gibara, donde se desarrolla la historia. Sabemos que llegó a aquel pueblo porque se cansó de estar en La Habana; pero podemos predecir, transcurridos unos minutos, que no tiene una idea clara de lo que va a hacer allí, y ese espíritu prevalece en Marina hasta que caen los créditos.
La pareja protagónica de Kiki Álvarez, sin embargo, conoce desde el principio la lección que la de Hamlet aprende con duros golpes durante toda la película: es imposible, en estas circunstancias, pensar en el futuro; la única forma de mantener a salvo el amor del otro y la felicidad propia es disfrutar cada segundo presente y rehuir de cualquier definición. Tanto en uno como en otro filme persiste la idea de que dentro de Cuba la vida no tiene sentido, pero fuera menos aún.
Es, quizás, la moraleja de Larga distancia (Esteban Insausti), donde se sientan en la misma mesa, unos frente a otros, los cubanos que se fueron y los que siguen aquí. Aunque la ficción de Insausti lleva incrustados testimonios reales de ambos lados de la frontera y más que testimonios: criterios, conclusiones de vida; la verdadera lectura del filme (como en su corto de Tres veces dos) es íntima y se esconde en las historias de ciertos amigos de infancia que se reencuentran: el artista fracasado, la jinetera saqueada, el negro menospreciado y la inmigrante solitaria.
Se miran unos a otros como diciendo “tanto que soñamos ser cuando éramos pequeños e ingenuos y mira en lo que nos hemos convertido”. Larga distancia se ahoga en un ocioso sentimiento de queja ante la decadencia, se regodea ante la fatalidad de los treintañeros cubanos como si fuera cosa de hado trágico, como si toda una generación pudiera ahogarse en la desidia sin conquistar recursos para vencerla, o cuanto menos reducirla. Quizás por este motivo, este filme pasó por la cartelera sin despertar gran interés de crítica y público, a pesar de su virtuosa (este es el adjetivo) visualidad: dirección de arte, fotografía, vestuario, maquillaje, peluquería, edición...
Sin embargo, Esteban Insausti vuelve sobre la salida del país como el mayor de todos los despropósitos. La protagonista, que al parecer vive fuera, descubre que a pesar de su sobreabundancia material solo puede llamar vida al pasado. Después de emigrar existe en ella un gran vacío que intenta suplir con objetos y una maniática obsesión por que todo esté en orden, por que todo sea ideal. Sus amigos, que no habitan en casas ideales ni tienen una existencia idílica, tienen a cambio un presente, lleno de contradicciones, pero también de calor humano.
En La guarida del topo (Alfredo Ureta) encontramos justo lo contrario: un hombre, Daniel, que según deducimos por ciertas fotos fue un constructor ejemplar, tuvo una hija; pero  en estos momentos vive recluido en su casa, aislado del país voluntariamente, y enterrado en una Cuba pasada que le permite comer aún latas de spam soviéticas. Su día, una vez que llega del trabajo (único lazo con el presente) se agota en una cadeneta de rituales: la comida, el baño, el sueño... que se repiten a lo largo del almanaque, sin excepciones.
Como en el caso del personaje que interpreta Carlos Enrique Almirante en Marina, la autoexclusión de Daniel y el frágil equilibrio que proporciona se rompe con la entrada en su vida de una mujer, de una versión agrisada y conforme del amor, y los conflictos que eso implica.
Pero la existencia de un acompañante no significa ni en Marina ni en La guarida del topo que la relación de estos hombres con el mundo sea menos traumática; los conduce solo a un nuevo estadio existencial donde la Cuba presente se les abre con sendos escarpados retos que ambas películas anuncian justo antes de concluir.
Estos cuatro filmes, estrenados el último año, insisten en la naturaleza opresiva de la relación individuo-sociedad. En estos cuatro universos la Isla (ver más allá de su dimensión política o económica) no solo impide que los protagonistas trabajen, sueñen y amen en razonable armonía con el resto de la nación; sino que una vez limitados los vínculos con el mundo exterior, cualquier ejercicio de los verbos antes mencionados (trabajar, soñar, amar) resulta también infructuoso.
El pesimismo de esta década fílmica que recién comienza en los 2010 se vuelve evidente si se comparan estas películas, por ejemplo, con los alegres 80, donde los protagonistas echaban a un lado el escepticismo para involucrarse con los proyectos sociales; o los 90, cuando ciertos directores, inconformes con el estado de cosas, dedicaban sesudas tramas a analizarlo y proponían salidas. Incluso el Diego de Fresa y chocolate, asfixiado en su propia patria, cerraba tras de sí las puertas de la Isla y cogía un avión rumbo a otra sociedad.
Esos cuatro filmes, sin embargo, nos entregan sus finales abiertos, y con ellos subrayan el cansancio y la incertidumbre de los protagonistas frente al porvenir. Enclaustrarse como en el caso de Daniel no es la solución, como puede verse. Tampoco el optimismo a ultranza de Cecilia y Arturo. La apatía de Marina, ella no lo sabe, pero muchos de nosotros sí, solo conserva el estado de cosas. Y la anagnórisis del destino trágico, en el caso de Larga distancia, destierra el libre albedrío y con él toda posibilidad ontológica del individuo de transformar la sociedad (al menos tal como se la caracteriza en el filme: todopoderosa y opresiva).
Remo en mano
La irrupción de Juan de los muertos durante el XXX Festival del Nuevo Cine Latinoamericano llevó, sin duda, a un nivel superior el discurso actual sobre las relaciones individuo cubano-sociedad. Habría que comenzar como Rolando Pérez Betancourt lo hizo en Granma, diciendo que:
“Superada la expectativa propagandística que tanto ha hablado de una historia de zombis invadiendo La Habana, Juan de los muertos (Alejandro Brugués) deja el sabor de una película ingeniosa hasta cierto punto, pero atrapada en la trampa de los excesos”.
Y seguir, como él lo hizo, afirmando que “Brugués es mucho mejor componiendo imágenes hilarantes que armando la risa mediante las palabras”, que “se nota como impelido a resultar simpático en lo verbal cada cierta cantidad de minutos”. Habría que reconocer las “actuaciones irregulares” de Juan de los muertos; y ciertas apariciones necesarias pero mal justificadas como la del pastor norteamericano, que viene a explicar el significado que tiene para esa cultura la presencia de estos no muertos, pero aporta muy poco al desarrollo narrativo. El director está consciente de lo utilitario de este personaje y en cuanto tiene una oportunidad lo saca de escena con los pies por delante.
Sin embargo, el diseño psicosocial de los caracteres y el filme todo en sus rasgos esenciales muestra una riqueza semántica insoslayable. El solo hecho de proponer un apocalipsis cubano y situar como Salvador a un hombre llamado Juan que porta como arma un remo, otorga a la historia una connotación mítica: lleva a una relectura del último libro del Nuevo Testamento, y se propone como terminación de una de las leyendas fundacionales en que bebe nuestra identidad nacional (por encima de religiones y credos): el descubrimiento de la Virgen de la Caridad del Cobre por tres navegantes que no por gusto respondían (los tres) al nombre de Juan, como el protagonista, y no por gusto blandían remos como todo instrumento contra la zozobra.
Los mitos que vuelven sobre el origen de una cultura o su término son generalmente entendidos como medulares en la definición de sus esencias. Y en este sentido, debe leerse la escatología que nos ofrece Alejandro Brugués. Juan y sus apóstoles se muestran en la película como tuétano de lo cubano, y sus antagonistas coinciden con los de las cuatro películas antes analizadas: Fábula, Marina, La guarida del topo y Larga distancia.
En esta ocasión la monotonía, la apatía y la incertidumbre —contra la que luchan o con la que se resguardan los protagonistas de estos filmes— adquieren forma material en Juan de los muertos, son los zombis. Y esos zombis (he aquí indignación de muchos, hasta cierto punto comprensible) son la sociedad cubana, más concretamente el pueblo cubano. Este subgénero hereda de otras cinematografías su carga de denuncia social para convertirse aquí en un retrato de lo peor de nosotros mismos. No en balde estamos hablando de seres semivivos: semimuertos, que deambulan las calles sin propósito... o con el solo propósito de sumergir a los pocos que quedan a salvo en su estado.
Los zombis cubanos dejan de ser ficción para representar a todos esos seres humanos con pensamiento mecánico, que han perdido la capacidad hedonista de disfrutar y entender el universo, que están (en pocas palabras) muertos en vida. Quizás la más impresionante de las escenas no sea aquella donde cae el edificio Focsa, ni aquella del Habana Libre desértico y en caos, como después de una tercera guerra mundial. La más terrible escena es aquella donde se muestra una calle habanera salpicada de zombis que caminan y alguien reconoce que “todo está como siempre”. Si logramos, en nuestra butaca, superar en ese momento de anagnórisis, la ira contra esta película que se burla despiadadamente del pueblo, de nosotros mismos; reconoceremos en esos zombis el desaliño de muchos compatriotas, el caminar cansado y sonámbulo con que muchas veces enfrentamos la ví(d)a pública. Y luego, camino a casa, descubriremos en las calles de La Habana restos de una guerra contra el tiempo y el desinterés, que parece no ya atómica sino fantástica, de ciencia ficción, o de un orden sobrenatural.
Nos preguntaremos, como los personajes de Hamlet, Ureta, Kiki Álvarez e Insausti, qué hacer para escapar de esta epidemia, para que no nos consuma como a otros la más llana abulia; Juan de los muertos ofrece su respuesta. Parecería que esta violencia con que tratan Juan y su pandilla a todos los no vivos solo insiste en la frustración real de la época, ya que se pretende como una solución ficticia, imposible de aplicar en las calles de La Habana.
(A pesar de los muchos argumentos que surgieron contra la proyección del filme, el arte no tiene efectos tan literales. El público no va a salir matando ni destruyendo aún más la ciudad después de ver una película. Si pudieran lograrse tales efectos con una sencilla obra, la industria de la publicidad no tendría fisuras, sería incontenible... Por no hablar de la propaganda política.)
Sin embargo, es necesario cavar más hondo para entender la escapatoria que nos propone Alejandro Brugués. No por gusto su pandilla picaresca representa lo que entendemos (casi todos) como lacra social: ladrones, exhibicionistas públicos, acosadores sexuales, travestis, gerontófilos, pederastas, jineteros, y un largo etcétera. Juan de los muertos se desplaza al interior del grupo y nos muestra, claro está, sus carencias, muchas veces elementales, de valores humanos; pero también subraya que estos excluidos sociales, al carecer de contacto directo con instituciones cubanas, preservan aún ciertas capacidades que les han sido mutiladas al resto.
Varias de ellas apuntan a entender la vida de forma empírica, con los sentidos, sin la mediación de factores externos a nosotros mismos. En Juan de los muertos, se da el caso de que toda la población cree que los zombis son disidentes, porque así lo explica la televisión; e incluso marchan frente a la Oficina de Intereses de Estados Unidos. Esta equivocada interpretación del mundo lleva al individuo y a la sociedad a hundirse en su estado de crisis. Juan y su pandilla, que no creen en lo que dice la prensa y posiblemente tampoco en lo que dice la ciencia, evalúan con sus propios ojos la realidad y aprenden sin largas teorizaciones no solo qué son esos seres, sino también cómo destruirlos.
Descubrimos desde la primera entrada del grupo en escena que nosotros somos para ellos lo que ellos para nosotros: los excluidos. Es curioso que usualmente pensemos en estos casos que marginar es una forma efectiva de oponernos a ciertas conductas (en ciertos casos repudiables), pero escasamente nos cuestionamos si ciertos grupos salen del cauce social (todo lo posible) además por voluntad propia. En Juan de los muertos, vernos a través de los ojos del otro debería desencadenar un proceso de autoreflexión, que penosamente interrumpimos con rabia o indiferencia por la forma en que se nos muestra como pueblo y como individuos.
Después de compararnos con los compinches de Juan, deberíamos preguntarnos cuántos no hemos ido perdiendo la capacidad de alcanzar disfrute no ya racional o emotivo, sino sensorial. El lenguaje rabelesiano de Juan de los muertos va más allá de las malas palabras; está cargado de metáforas sensoriales, de maneras olfativas, gustativas, sensitivas (eróticas) de aproximarse al mundo que hemos reprimido por décadas, por siglos.
A estas alturas sería difícil alejar la idea de este Juan apocalíptico del Übermensch nietzchano en tanto nos propone encontrar caminos propios y alejarnos de ciertos sistemas de valores que no difieren mucho de moralidades y estrategias hegemónicas del pasado occidental. Ese es en definitiva el meollo de Juan de los muertos, su mensaje raigal.
El tan criticado final de la película no es tan ilusorio como se muestra. De hecho, cuando Juan decide quedarse en La Habana y enfrenta, remo en mano, una desafiante multitud de zombis que se aproximan a toda velocidad; solo reproduce la feroz voluntad con que los cubanos (desde los más altos dirigentes hasta los más carentes mendigos) enfrentan, cada día, los imposibles que conlleva pertenecer a esta Isla, en terreno diplomático, económico, religioso, estético...
Ese concepto de supervivencia de Juan, es la clave contra el apocalipsis que anuncian varios filmes de 2011. He aquí un valor que persiste en nuestro almanaque nacional y nos mantiene a flote: la certitud de haber pasado por crisis de octubre, por marieles y períodos especiales... y seguir existiendo a pesar de nuestra pequeñez geográfica se transforma en una seguridad de futuro (real y maravillosa): en una fe, fe de supervivencia.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Bisiesto: lanzamiento del número 5 de la publicación de la Muestra Joven ICAIC

Bisiesto: lanzamiento del número 5 de la publicación de la Muestra Joven ICAIC
El próximo viernes 28 de septiembre a las 4:00 p.m. en el Centro Cultural Cinematográfico ICAIC, en 23 y 12, Vedado, se presentará el número 5 de Bisiesto. La más reciente entrega de la publicación de la Muestra Joven, dedica un dossier al director de cine Terence Piard (1973-2004) que incluye una entrevista a su padre, el destacado cineasta Tomás Piard, y textos de recordación firmados por laureados jóvenes realizadores cubanos y extranjeros como Jorge Molina, la brasileña Ana Pessoa y Heidi Hassan. Un valor agregado de esta edición lo constituye el escrito de Terence, hasta ahora inédito, en el cual descubre sus aspiraciones creativas en relación con Accidente, película en planes de filmación en el momento de su muerte.