domingo, 11 de noviembre de 2012

La Concretera-Laboratorio Audiovisual



Una cámara, una idea…
Hasta el viernes 2 de noviembre de 2012 se podrán matricular en el MAPRI todos los interesados en participar en el Taller de creación audiovisual La Tambora, que será impartido del 6 al 11 de noviembre en el marco del encuentro La Concretera-Laboratorio Audiovisual por el realizador, actor y profesor cubano Jorge Molina.
Los requisitos para participar son poseer una cámara de vídeo o fotográfica y presentar, en no más de media cuartilla, las motivaciones que le llevan a hacer cine.
El comité organizador del evento publicará el sábado 3 de noviembre la lista de personas seleccionadas para formar parte del Taller La Tambora. 
 Acabo de regresar de Pinar del Río donde impartí un taller en la 1ra Mezcla La Concretera Laboratorio Audiovisual un espacio creado por el joven realizador pinareño Alejandro Alonso con la ayuda de un grupo de locos  y de algunas instituciones para fomentar la creación audiovisual y el intercambio entre los creadores de audiovisuales de la provincia.
El taller La Tambora consistió en provocar a los muchachos a realizar un corto de manera instantánea con nada de recursos a no ser sus propias cámaras y computadoras personales y una idea en la cabeza. La provocación fue más allá ofreciéndoles un guión de cortometraje escrito por Arturo Infante y yo y desmitificándoles el concepto de auteur al demostrarle que uno puede apropiarse de una historia ajena y meterle tus demonios hasta hacerla personal. Al final salieron cuatro cortitos sobre un mismo guión, pero muy diferentes en su concepción. Espero que la chispa siga creciendo hasta convertirse en una bola de fuego.Fue una experiencia muy enriquecedora que me permitió tomar temperatura de un próximo taller que impartiré en Guatemala durante el festival Ícaro.  Desde aquí quiero agradecerle a Alejandro y su equipo de La Concretera, a Silvia Oliva y David Horta, A Juan Carlos en el MAPRI (Museo de Arte de Pinar del Río) y a todos los que de una forma u otra luchan cual quijotes  contra molinos de vientos en una provincia donde aún hay gente oscura que se niega a que se haga la luz. Pero ahí vamos. Ahí les dejo algunas stills de esos días.















 

miércoles, 24 de octubre de 2012

El coraje de bailar y no bailar el reggaetón

Conversando esta mañana con el amigo Justo Planas, periodista, hablábamos sobre la cada vez más creciente satanización del reggaetón, entre los medios intelectuales.  Confieso que no soy un admirador de dicho género pero, sí, estoy opuesto a cualquier tipo de prohibición o sospecha de censura ante cualquier manifestación artística, y más cuando los argumentos son tan subjetivos. Creo que en este mundo todas las manifestaciones, artísticas o no deben coexistir. Así que no me vengan a decir que el reggaetón es sexista, que humilla a la mujer,etc,etc,etc. Sí, es verdad, ¿pero acaso el reggueatón, también no es un reflejo de cómo estamos? Aquí les dejo un interesante artículo de Justo, publicado en http://observatoriocriticodesdecuba.wordpress.com/

El coraje de bailar y no bailar el reggaetón

 Por Justo Planas

Dicen que Osmani García, La Voz, estaba en Canadá ese día de noviembre, día tres, 2011. Salió a disipar el invierno en nombre del “pueblo de Cuba”, llevaba en el maletín algunos de los éxitos más recientes de su álbum “El malcriao”, debían estar “Se me va la musa”, “El pudín” o “Ella es mía”, aunque, sin duda, el clímax del concierto estaba reservado para “Chupi-chupi”, cuyo videoclip ostentaba cinco nominaciones a los premios Lucas, únicos de su magnitud en el país.

Sin embargo, después de las 8 de la noche de ese 3 de noviembre las piedras de su destino en la nación comenzarían a rodar cuesta abajo cambiándolo todo. ¿Quién le hubiera dicho a Osmani García que no solo se quedaría sin premios sino también sin nominaciones? Se habría reído, quizás: “Las nominaciones no me las pueden quitar porque ya me las dieron… ¡y públicamente!” Pero sucedería.
Ese 3 de noviembre de 2011 entre las 6 y las 8 de la noche se transmitió varias millas al sur del frío Canadá, en una isla no tan templada, un programa de televisión habitual, la Mesa Redonda Informativa, dedicado aquel día a “Los desafíos de la cultura cubana actual”. Sin muchos rodeos, el entonces Ministro de Cultura, Abel Prieto, y el presidente del Instituto Cubano de la Música, Orlando Vistel, introdujeron el dedo en la llaga supurante del reggaetón y cayó en medio de aquella mesa “El chupi-chupi”, un incómodo pero contagiososofá donde los intelectuales del país se habían visto obligados a sentarse diariamente. Lo llevaban colgado en las orejas desde que ponían un pie en la calle, lo mismo si cogían un almendrón que un bicitaxi, incluso si se resignaban a la guagua terminaban sentados en aquella letra “de gozadera” que repetía “dame un chupi-chupi” en relación cada vez menos literal con ciertos caramelos exclusivos del CUC.
Tal vez los destinos de Osmani García, la Voz, no se habrían terminado de trenzar en su contra si no hubiera escrito inmediatamente una carta pública al ministro Abel Prieto donde defiende derechos muy propios de un sector a nombre de todo un pueblo. En respuesta, otro sector entró en erupción con una ya frecuente (y bien legítima) multitud de correos electrónicos y artículos de periódico. De forma convulsa e iracunda, generalmente a nombre del “pueblo cubano” y la “cultura nacional”, estos intelectuales hablaron sobre “El Chupi-chupi” y el reggaetón desde lo sagrado hasta lo divino (más de esto último, claro está).

 

 Pasado un año de aquellas respuestas, una lectura más o menos rigurosa hace emerger ciertas inconsistencias que lejos de divorciarlos, emparentan detractores y reggaetoneros. Van desde la comisión de aquellas mismas informalidades y flagrantes errores ortográficos que criticaban a Osmani García (algunas de las primeras comúnmente aceptadas, no obstante, en los mensajes electrónicos) hasta el intercambio de improperios y la sintomática elocución a voz de todo el pueblo (1).

Dos pueblos y una Isla
“El chupi-chupi” se deslizó de una mención casual en boca de funcionarios a un resbaloso debate sobre cubanía y representatividades (2). Por un lado, Osmani García exigía que se respetara el voto del pueblo cubano, cuando su obra estaba nominada al “Video más popular” que ─a pesar de las posteriores tergiversaciones a que fue sometido el premio Lucas─, solo reconoce el gusto de aquellos televidentes del programa que decidieron participar en el certamen. Por el otro, profesores, estudiantes y doctorados excluían (generalmente) el reggaetón de la “genuina música popular cubana”.
Las palabras de la historiadora del arte Dayara Benal dejaban muy claro el mensaje de varios intelectuales a Osmani García y los reggaetoneros: “No quiero que me representes, no quiero que utilices el nombre de Cuba para que japoneses, italianos, ‘yumas’ muevan el cuerpo e imaginen que somos ignorantes”. Y es, por cierto, un reclamo válido, no todos los sectores del pueblo caben en la misma botella, pero ─he aquí la cuestión─ el mismo principio es aplicable a aquellos otros cubanos de “alta cultura” que imponen sus prácticas e ideologías como nacionales. Y en ese juego de ajedrez entre reggaetoneros y detractores (cada grupo de espaldas al otro, reclamando su parcela en términos absolutos) la discusión hizo tablas.
Si viajamos dos siglos atrás leeremos la “Vindicación” martiana de una Cuba estoica mientras voces populares chotean a Titina por montar bicicleta y algunos alfabetizados recomiendan los trágicos amores de una mulata de salón llamada Cecilia, que con los años se desprendería de la pluma de Cirilo Villaverde para alcanzar la categoría de mito. Los Pilluelos de Juana Borrero no convergen con la lánguida Dama del lago de Jorge Peoli. Alejo Carpentier y otros chicos ven desde la otra acera pasar a Yarini y a su lado, allí, observa la Macorina cómo se enredan las comparsas de La Chambelona.
Una ribera estoica, la otra hedonista, como agua y aceite han confluido en el río de la historia nacional. Y los pocos que bebieron del lado contrario durante la primera mitad del siglo XX conjugaron la filosofía del vino amargo, como ese Jorge Mañach o ese Fernando Ortiz que asestan: “el caldeado clima de nuestra tierra influye en nuestro carácter y por ende en nuestra vida pública. A él se debe la anemia física y mental que sufrimos, que con otros cofactores nos impide a los cubanos la adopción de criterios firmes” (3).
La Revolución del 59 debió haber reducido la fisura. La Cuba de alta cultura debía bajar del consumo burgués y acercarse a los deseos y provocaciones del cubano de solar. A su vez, esa llamada “subcultura” debió, con el acceso a la instrucción y la aparición de nuevos sentidos de vida, encontrar ojos con qué ver las “bellas” artes (4). Y en cierta medida, la utopía se hizo posible. El ballet logró encontrarse con la rumba, la poesía con el son, y un carrito con películas de Chaplin salió de La Habana a conquistar montes.
Hubo comunión de formas pero no de contenidos. La Cuba de Girón respondió al desafío lanzado por esa otra de PM y Lunes de Revolución. La nación que se embriaga en las noches habaneras, y la nación que lucha contra el invasor se declararon, en fuego sutil, incompatibles. E incompatibles permanecen… en silenciosa disyunción.
Mientras la prensa oficial selecciona una realidad de “abnegados obreros”, innovadores y racionalizadores, y héroes del trabajo; los salseros, reggaetoneros, humoristas… y también ciertos escritores (5) mojan sus musas en el ron, la carnalidad, la gula y otros demonios de ese realismo tendenciosamente llamado “sucio”.
Hemos llegado por rutas distintas a un mismo patriotismo. Tan legítimo es el amor de resistencia que bosqueja Carlos Varela en “Memorias del subdesarrollo” como el amor más tangible, de fruición que enumera David Calzado en “Gozando en La Habana”. De hecho, una mirada atenta descubriría que no pueden existir el uno sin el otro, y que definen trincheras similares contra la espectacularidad de otro (primer) mundo ajeno a lo cubano. Solo las regiones dulces de nuestra nacionalidad justifican las amargas, quedarnos con una nos obligaría a oscilar entre la hipocresía política y la frivolidad mercantil.

Lanas blancas de la oveja negra
“Dicen que el reggaetón es una música pobre, sin valores, que es repetitiva”, comenta Alexander, miembro del grupo Gente de Zona en el documental De dónde son los cantantes (Janis Reyes, 2009) y agrega que así como el repentista usa guayabera y el roquero, aretes y ropa negra; los reggaetoneros tienen una visualidad propia que debe respetarse porque se ajusta con lo que el público reconoce como tal.
Para bien y mal, aquellos elementos tanto visuales como sonoros no se quedan en el mero nivel de la expresión, contienen y legitiman los valores de un grupo numeroso de cubanos. Son estos cubanos los que siembran el reggaetón en nuestras calles, no los medios de comunicación oficiales como se ha dicho muy irresponsablemente. El Instituto Cubano de Radio y Televisión sí ha ofrecido espacios a este género musical, pero es justo y necesario reconocer que ha sido incluso conservador con su difusión, más bien potencia otros géneros y los exhibe en horarios de alta teleaudiencia.
Es cierto público el que ha sabido rastrear los pocos programas dedicados a este tipo de música, y podríamos decir que la pirámide de preferencias se encuentra invertida en el caso del reggaetón; pues sus productos deben conquistar primero el espacio público por vías alternativas (6), con discos y videos artesanales para luego, después de un filtrado minucioso, negociar su contenido con disqueras reconocidas, emisoras y canales.
Pero ¿por qué ese público insiste en reconocer el reggaetón por encima de “mejores” temas y géneros? No se debe en última instancia a que los gustos se hacen por repetición (7), sino a que los reggaetoneros reproducen imaginarios con los que estos grupos sociales se identifican.
Habría que comenzar distinguiendo entre la vigencia de lo folclórico y la actualidad de lo popular, para encontrar las razones que explican por qué la rumba y el guaguancó no pueden ser gusto mayoritario en los jóvenes sin antes reacomodarse a los tiempos (tecnologizados, por ejemplo) que vivimos. Es el reggaetón ese reacomodo de la rumba, que, en su lenguaje digital, preserva elementos claves de aquella.
No se trata, por cierto, de la digitalidad límpida de la música tecno. El reggaetón ensucia con sus manos caribeñas los ritmos hegemónicos norteamericanos. En el “mal” uso de las computadoras y sus programas de edición sonora, deja entrever ese estado de deslumbramiento y rechazo conque “copiamos” el primer mundo (8).
La voz del reggaetonero, carrasposa y grave como la del puertorriqueño Tego Calderón, dañada por el cigarro quizás, no podría cantar otros géneros musicales, más cercanos a gustos europoides. Sin embargo, en ella cuaja el fenotipo de una raza que va aprendiendo a sentirse a gusto con lo que la naturaleza y la vida cotidiana le han dado; y no quiere ya depurarse para ser barítono de ópera con raigambre italiana.
El reggaetón sacude diariamente los cánones de belleza hollywoodense, que van convirtiéndose en un verdadero peligro para las sociedades latinas porque obligan a sus mujeres a aspirar a un cuerpo que ni su dieta, ni su clima, ni su genotipo pueden alcanzar. El reggaetón canta a la mujer adiposa, morena, ligera de ropas, expresiva.
No encontrará quizás el cubano de a pie muchas palomas (blancas) con cuello de porcelana como lo hace Silvio Rodríguez; y tal vez el cortejo de su mulata sea más rudo, más directo como el del reggaetón. Cada género tiene su forma de decir; y encuentra, de acuerdo con ella, su público. Cada grupo impone ciertas normas de seducción, encuentra el erotismo en determinadas geografías del cuerpo.
¿Es el reggaetón machista? Sí. ¿Violento? Sí. Pero no es causante sino reflejo simbólico de las ideologías y prácticas de ciertos grupos. Ante el caso ilusorio de que se lograra trazar raya roja sobre este género, persistirían los mismos modelos de ideas y continuarían siendo tierra fértil para que crezcan otras manifestaciones que los legitimen.
Si estuviéramos dispuestos a repensarnos francamente la manera en que concebimos y representamos a la mujer en nuestra sociedad, notaríamos cierto dejo de machismo en espacios legitimados de la nación (9). De cualquier forma, la llamada “cosificación de la mujer” que promueve el reggaetón sería prudente dejarla en el plano simbólico. El cortejo es asunto de dos y es, generalmente, más activa la que acepta (pues está en la posición de elegir) que el que dice (obligado a ejecutar el ritual apropiado).
Otro argumento común contra el reggaetón condena la marcada carnalidad de sus letras (10). Algún que otro criterio justifica la aparición del sexo en el arte solo con propósitos sublimes y califica de vulgar aquella obra en la que el amor no medie en la escena. ¿Dónde quedarían entonces escritores cubanos como José Lezama Lima, Reynaldo González o Leonardo Padura, cada uno de épocas y públicos diferentes? Cualquiera que haya ojeado la procacidad de Paradiso, de Al cielo sometidos o de Máscaras sabe que la “impudicia” de estos autores deja muy por debajo cualquier letra de reggaetón. La creatividad y las provocaciones lingüísticas de los cantantes populares cubanos en este punto es bastante pobre si la comparamos con la Lisístrata de Aristófanes (11) o el Decamerón de Boccaccio. ¿Es necesario mencionar que parte de las razones por la que hoy estos autores son clásicos descansan en este factor?
Entonces, ¿se condena la procacidad o el hecho de que se valga de ella este género musical? ¿Es que esta procacidad es legítima solo cuando utiliza del vocabulario propio de grupos intelectuales hegemónicos…?
La mera presencia de estas letras y la acogida o rechazo de los cubanos delata que algunas concepciones del sexo no engranan aún del todo con nuestra vida cotidiana. Tanto los reggaetoneros como sus detractores lo perciben como un fenómeno no tan “natural” como comer o dormir (12). Los primeros insisten en mencionarlo como aquellos niños que descubren una mala palabra y la repiten entre incómodos y divertidos ante el horror de los adultos. Los últimos, como esos adultos, prefieren ignorar su existencia en ciertos ámbitos o abordarla científicamente. Por muy desprovisto de espiritualidad que se muestre el acto sexual en las letras de reggaetón (13), no podemos dejar de reconocer que contribuye simbólicamente a la concepción de este como un momento de placer y no solo como acto reproductivo.
Después de siglos en los que la ideología dominante insistió en reducirlo a la procreación y décadas en las que se declaró tema vedado, las sociedades occidentales han ido asumiendo el sexo, cada una a su forma, como búsqueda también natural (que no desviada) de placer. Las charlas científicas en la televisión cubana, precisamente por la descripción aséptica de la fisiología, hablan, sí, a la razón del pueblo. La poesía y otras artes altamente elaboradas contribuyen a este concepto en el plano emotivo. Mientras, la música popular y el reggetón en especial lo completan en una dimensión simbólica más visceral, precisamente por el lenguaje y las imágenes que utilizan y por el carácter y rigor físico de la coreografía.
Ella es tan negra como su rebaño
Así queda, de cierta manera, respondido porqué sobre Cuba persiste aún la llamada “lacra del reggaetón”. Sin embargo, todavía resulta paradójico que el consumo y la creación de este tipo de música en nuestro pueblo sean similares al de otros países caribeños con menor instrucción. Es política oficial en Cuba una búsqueda de los valores que elevan al individuo por encima de sus necesidades materiales que “desalienan”, para decirlo en términos marxistas, las relaciones entre el hombre y la sociedad imantándolas con intereses más esenciales.
Pero he aquí que el reggaetón (manifestación, nunca causa) expresa con toda vehemencia el interés popular por trivialidades que ciertos manuales marxistas identifican como síntoma del peor capitalismo. Los reggaetoneros y otros músicos populares cantan al celular, a los carros, a la ropa; y un sector considerable de la nación consume, porque comparte, tal interés.
piramide-maslowLa metáfora (bien corpórea) del capitalismo como jungla, tal como se describe en estos manuales está en perfecta sincronía con la autoproclamación de ciertos reggaetoneros como “animales”, “salvajes”, que solo manifiesta la asfixia de algunas sociedades en las que sus miembros no pueden darse el lujo de aspirar al nivel de afiliación que describe el psicólogo Abraham Maslow (14) porque aún no tienen garantizadas necesidades fisiológicas básicas.
Incluso la danza propia del reggaetón alerta sobre la esquizofrenia de la vida postmoderna a la par que significa una regresión a movimientos típicos de rituales primitivos de fertilidad como golpear la tierra con los pies (en reclamo de una mejor cosecha) o la manifiesta connotación sexual del movimiento de la pelvis, las caderas y los brazos (15). Y decimos regresión porque la danza de casino implicaba un trabajo en la pareja (donde el hombre conducía y la mujer acataba), mientras que el reggaetón es más bien una competencia a solas con el mundo.
Soles de este tipo no pueden taparse con un dedo. La mayor de todas las ironías que echó a volar la polémica de “El chupi-chupi” se encuentra quizás en los reclamos de censura cuando el reggaetón es en muchos casos una reacción a ella. Cada cultura necesita descubrir sus necesidades, que significa encontrarse a sí misma en el estado ideal que propone el arte; cada cultura y grupo social debe agotar ciertas agendas (16) para aspirar a otras. Pocos años atrás, varios sectores se mantuvieron marginados de esa búsqueda simbólica de sí mismos, porque carecían de los recursos para, al menos mediáticamente, hacerse oír (ergo existir). Las nuevas tecnologías han facilitado este proceso, el reggaetón es parte de él y reprimirlo significaría postergar la autoexploración de ese eslabón preterido pero determinante de la Isla.
NOTAS
  1. Por encima de aquellos emails se levantó la sombra de una consecuencia mayor. De forma solapada y abierta un número de firmas terminó clamando la censura del género musical. Allí estaban algunos de los nombres que en tiempos pasados y presentes cayeron bajo la línea roja.
  2. Lejos de lo que puede parecernos dentro de nuestra cáscara, otras naciones no buscan y redefinen con igual vehemencia su identidad. Esta parece ser una obsesión propia del cubano (Torres-Cuevas, Eduardo: En busca de la cubanidad II, Ed. Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana, 2006.)
  3. Ortiz, Fernando: Pueblo de Cuba.
  4. Bellas y altas según un canon europeo que traza una línea entre las obras que consumen las clases hegemónicas y esas otras que ya no son clásicas sino “populares”… y aquellas otras que no son siquiera “populares”, porque no pertenecen a su Pueblo, sino “folclóricas”, porque son expresiones del margen, expresión sauvage de otras culturas como la cubana. Cada palabra de ciertos intelectuales de la Isla solo subraya como pendiente la necesidad impostergable de repensar en contexto las categorías humanísticas y sociales, importadas aún hoy desde centros de poder primermundistas. A la luz de estas y precisamente por la susodicha circunstancia, las expresiones de nuestra nación y su ser parecerán siempre resultados deformes de ciertas tendencias hegemónicas.
  5. Parte del pueblo (esa parte que prueba diariamente no tener gustos nada ingenuos, como se pretende) ha sabido distinguir su literatura del resto, y el tiempo irá decantando de la paja hasta darle a cada obra su merecido lugar.
  6. Desde bicitaxis y cafeterías hasta discotecas.
  7. Si repetir hiciera gustos, viviríamos en una Cuba más dócil.
  8. Así se vive también en los espacios académicos, científicos y políticos. Los reggaetoneros y su público también muestran estas traducciones conflictuales en la forma de vestirse, en condimentos claves del video clip y el escenario como carros y celulares. Sin embargo, otros grupos intelectuales y mediáticos también “copian” del primer mundo, el traje y la corbata (ajeno por lógica al clima tropical), los tintes rubios, y los esfuerzos por mantenerse en el peso ideal estadounidense que tenía muy poco que ver con el latino años atrás. Quizás molesta que los reggaetoneros imiten ciertos gustos de Harlem mientras que otros grupos de cubanos dirigen su vista a Wall Street.
  9. La prensa oficial, por ejemplo, insiste tanto en la proeza de que tal compañera conduzca un tractor cuando generalmente lo hacen los hombres, o en la proeza de que cierta bioquímica (subrayando su condición de fémina) concibió una vacuna, tanto se insiste en la excepcionalidad de muy puntuales mujeres que el lector llega a creer que solo muy pocas de ellas pueden alcanzarlo. Estos énfasis subrayan y justifican, por contraste, la hegemonía masculina.
  10. Un análisis de las letras de ciertos grupos de reggaetón (que por fuerza debería ser exclusivo y detallado) echaría por tierra esos argumentos que las tildan de planas y literales. El reggaetón se mueve en un registro popular-vulgar, sin embargo, la creatividad de sus figuras retóricas no puede rebajarse por esta condición. Algunos de sus metasememas nada tienen que envidiarle a ciertos sones y boleros de mitad de siglo que asocian, en imágenes bien cursis, dientes con perlas, labios con rosas y se quedan en relaciones tan holladas como la mujer es linda y su cuerpo es bello. Irónicamente estos temas, rechazados debido a su cursilería por los intelectuales de la época, son el modelo sobre el que se levantan los de hoy para condenar al reggaetón.
  11. Aristófanes, por cierto, es tan “grosero” que los traductores sudan para que sus obras se ajusten a los pudores sexuales de nuestra época.
  12. Los tres actos, tengámoslo claro, responden a necesidades tanto biológicas como sociales.
  13. Algunos humanistas han señalado este hecho y muy acertadamente.
  14. La pirámide de Maslow establece una jerarquía de necesidades en la que solo la garantía de la inferior permite aspirar a la siguiente.
  15. Estas descripciones podrían parecer banales, pero contrastan notablemente con otras épocas y regiones. Las posturas del ballet francés en su etapa romántica, momento de una búsqueda exaltada de trascendencia espiritual y superación de lo físico, la ejecutante debía suspenderse sobre la punta de los pies de modo que fuera la única región del cuerpo que tocara la tierra; el siguiente estado posible, lógicamente, sería flotar.
  16. ¿Quiénes somos y cómo es el mundo que nos rodea? ¿Qué necesito yo del otro?… ¿Qué busco (y luego qué necesito) yo en las relaciones sexuales? ¿Qué quiero y no quiero poseer?

domingo, 21 de octubre de 2012

R.I.P.(E.P.D.) Silvia Kristel y Koji Wakamatsu

Hoy hago una entrada triste en el blog. En estos días se han ido dos figuras del séptimo arte grandes cada una a su manera. Ella, representó el mito erótico más famoso del cine, ejemplo de la mujer liberada autosuficiente y pansexual. El, uno de los directores más viscerales, independientes e irreverentes del cine moderno y padre del pinku eiga. Ella, Silvia Kristel, la bella holandesa que a los 21 años en 1974 se convirtió en ícono sexual global y un poco después en uno de mis objetos masturbatorios de adolescencia (Qué envidia le tengo a Ian McShane). El, Koji Wakamatsu, ex-yakuza, productor y director (Entre sus joyas como productor está El imperio de los Sentidos de Najisa Oshima) de cintas políticamente incorrectas y antisistema, cargadas de erotismo, violencia y denuncia social.

Nacida en Utrech, Holanda, en 1952, la actriz  primero fue secretaria  y  después modelo. Fue descubierta casualmente por uno de los colaboradores del fotógrafo Just Jaeckin, mientras veían un comercial.  Jaeckin le ofreció protagonizar el que fuera el gran papel de su vida, "Emmanuelle", la que en los años setenta la convirtió en un mito erótico mundial. La sensual imagen de la joven Kristel de mirada entre inocente y pícara, pelo corto, sentada en un exótico sillón de mimbre y con un collar de perlas sobre sus senos desnudos, le devolvían "la razón" a mi abuelo que está muerto.  Muchos dirán que "Emmanuelle" era una basura «camp» con pretensiones esteticistas. A mí me gustó, la jeva estaba linda, la música melosa y en su conjunto la cosa tenía mojo. Que se vayan directamente a la pinga. Sylvia Kristel, fallecía en Amsterdam víctima de un cáncer. Tenía 60 años de edad.


"Wakamatsu debutó en el cine en 1963 con una película para adultos "Amai Wana" ("Dulce trampa"). Era considerado padre del "pinku eiga" (películas niponas de contenido erótico). Varios de sus filmes estuvieron envueltos en la polémica por su alto contenido erótico, violento y político.
"Mizuno nai puuru" ("Una piscina sin agua") le otorgó el respaldo de la crítica y le abrió las puertas a los festivales internacionales de cine. "Sennen no yuraku" ("El rapto del milenio"), su último film, participó en el reciente Festival de Venecia. Murió a los 76 años atropellado por un taxi que imagino, conducía un imbécil.

Pués hoy les hice mi particular homenaje a estas dos figuras proyectando un double feature compuesto por Caterpillar (2010) y Emmanuelle (1974), dos películas bastante diferentes y ajenas a las nuevas generaciones de estudiantes de cine. De la proyección de Caterpillar, algunos estudiantes no pudieron aguantar la crudeza de sus imágenes y dejaron la sala perturbados. Que se dejen de comer mierda y se pongan pa las cosas, que el cine fofo y pajero de gente que camina desde el horizonte hacia cámara que les arrebata, no tiene cabida en el universo moliniano. Mientras redacto esta entrada, se proyecta Emmanuelle, tampoco la conocían. Sobreviven en la sala un grupo de curiosos que les motivó la presentación previa que hice del filme.

martes, 16 de octubre de 2012

¡Gíbaros! en el Cine Chaplin



Presentación de las primeras historias terminadas del largometraje Gibaras.
por Yolanda del Campo 
 
Del 17 al 24 de octubre en el Cine Infanta de la Habana habrá una programación especial de los audiovisuales premiados en las diferentes ediciones del Festival Internacional de Cine Pobre 
En la inauguración de la muestra se proyectará ¡Gíbaros! en el Cine Chaplin, un cortometraje de los egresados Ramiro García Bogliano  y Jorge Molina que forma parte del largometraje Gibaras
La muestra de los audiovisuales premiados en las distintas ediciones del Festival Internacional de Cine Pobre será inaugurada el día 16 en el cine Charles Chaplin, en donde asistiremos  la presentación de las seis primeras historias terminadas del largometraje Gibaras —compuesto por 14 relatos y filmados todos en esa zona holguinera, donde tiene lugar el importante evento cinematográfico.
Producidos por la Oficina del Festival de Cine Pobre, El Central Producciones, La Villa del Cine y el Icaic, los títulos de esos trabajos finalizados que el público podrá disfrutar son: ¡Gíbaros!, de Ramiro García Bogliano y Jorge Molina; Adonis, de Elie Pangueira; De Gibara con amor, de Alejandro Fernández; Belleza, de David Moreno; La forastera, de Arturo Santana; y Puro amor, de Claudia Rojas.
¡Gíbaros! es un cortometraje que formará parte del largo Gibaras, rodado durante el último festival de Cine Pobre por varios realizadores. El caso de ¡Gíbaros! es un corto de cine instantáneo, al más puro estilo de creación surrealista, automatismo psíquico puro ideado, producido y realizado por Ramiro García Bogliano y Jorge Molina, ambos graduados de la EICTV. También están vinculados al corto Rubén Valdés, egresado de sonido, Emmanuel Peña, estudiante de edición, y el profesor Pancho Adrianzén.
Esta experiencia audiovisual de García Bogliano y Molina cuenta lo que sucede cuando el amor se transforma en una especie de adicción en donde los involucrados se sumergen en una espiral sin retorno. Rutger un trabajador del astillero y Saskia, una ama de casa, son una extraña pareja que se ama con pasión. Cuando Saskia siente amenazada su estabilidad emocional es capaz de cualquier cosa y le exige a Rutger de manera enfermiza demostraciones  cada vez más difíciles de la pureza de su amor. 
El equipo de ¡Gíbaros!  lo componen: Mónica del Carmen, Rebeca Proenza y Jorge Molina en la actuación; Yamil Santana en la dirección de fotografía; Marcel y Ramón en la dirección de arte y maquillaje; Rolando Valdés en FX; Emmanuel Peña en Edición; Irina Carballosa en sonido; Francisco Adrianzén y Rubén Valdés en la mezcla; Angelo del Castillo como productor de rodaje; Jorge Molina y Ramiro García Bogliano como productores ejecutivos; Jorge Molina como productor y consultor creativo, y Ramiro García Bogliano en el guión y la dirección. 

lunes, 15 de octubre de 2012

PERIODO ESPACIAL




1966, en plena Guerra fría, el socialismo internacional vive su momento más triunfalista y Cuba no es la excepción.
En su séptimo año de Revolución, el Estado cubano, apoyado por el poderoso bloque soviético, comienza la ambiciosa misión de llevar el comunismo a Marte. Para esto envía una expedición con la vanguardia del proletariado, un grupo de cosmonautas revolucionarios, elegidos estratégicamente. Pero la nave, construida en Moscú, tiene todos sus controles y manuales en ruso. Un error en la traducción de una de las funciones de navegación hace perder el rumbo, dejándola desconectada de la tierra  y a la deriva.
Muchos años después, la nave, bajo las órdenes de la computadora madre, un viejo aparato incoherente y con una total escasez de recursos, continúa su viaje perdida por el cosmos sin poder dar con el planeta rojo, pero sin dejar de intentarlo. A estas alturas, los cuerpos de los tripulantes son afectados por el paso del tiempo de distintas maneras, mientras en una infinita búsqueda intergaláctica, descienden en todos los planetas que encuentran a su paso.Periodo Espacial es un ejercicio de televisión realizado por los estudiantes de tercer año de la EICTV.











miércoles, 3 de octubre de 2012

JUAN DE LOS MUERTOS FAN ART

 Aquí un correo y un art work que me envió el amigo Jaime Molina,  artista de la plástica colombiano, después de haber visto Juan de los Muertos. Más abajo los link a su blog y galería.

Maestro Molina
me tomo la molestia de escribir por que vi la película Juan de los muertos y debo confesar que me gustó mucho, me reí mucho a pesar que hubo cosas que no entendí de la cotidianidad cubana.
bueno respecto al dicho de Juan que reza que sobrevivió a varias partes bueno, leí acerca y entendí lo de Angola, Mariel y el periodo especial...pero lo de la "cosa esa que vino después"  eso si no jejejeje

hice un fan art de la partícula espero que le guste.

felicidades por su trabajo.

Jaime Molina 

sábado, 29 de septiembre de 2012

TERENCE



Ayer 28 de septiembre a las 4:00 p.m. en el Centro Cultural Fresa y Chocolate se presentó el número 5 del BISIESTO CINEMATOGRÁFICO, publicación asociada  a la Muestra de Nuevos Realizadores, esta vez dedicado al malogrado cineasta cubano Terence Piard .  Yo no pude estar porque estoy ensayando para un próximo rodaje, pero a continuación comparto con ustedes el texto que escribí sobre mi querido amigo que aparece publicado junto al de otros que le conocieron.

TERENCE

Por Jorge Molina

Corría el año 1986 y dos amigos y yo, jóvenes estudiantes de arte, estábamos a la caza de Tomás Piard el legendario director independiente, creador del cineclub Sigma y padre espiritual de toda una generación de jóvenes que perseguían un sueño casi utópico: hacer cine en Cuba. Llegamos a un pequeño apartamento en el Vedado, una señora nos recibió y nos dijo que no nos fijáramos en el reguero de la pequeña sala, atiborrada de vestuarios, telas, utilería, papeles, una claqueta y montones de cosas más. Tomás preparaba su nueva película, creo era su primer largometraje, Ecos, la Cecilia del cine independiente.
Ahí fue la primera vez que lo vi. Era un adolescente flacucho de mirada tranquila que estaba por ahí como quien no rompe un plato (con ese cuento, tiempo después se convirtió en su marca de fábrica: una especie de galán a lo roquero argentino tipo Fito Páez con un aura de chico frágil que no dejó títere con cabeza. Tenía un montón de mujeres. ¡Qué cabrón!). De pronto, se escuchó la voz de la señora que no era otra que su abuela: «Terence busca tal cosa…», no recuerdo bien exactamente qué era. Se llamaba Terence. Sus padres le habían puesto ese nombre por el actor inglés Terence Stamp, actor favorito de Tomás. 
Ese día no era otro diferente a su cotidianidad. Desde muy pequeño estaba al lado de su padre en todas sus aventuras cinematográficas, por lo tanto vivía y respiraba cine 25 horas al día. Y, por supuesto, sus primeros pasos en el audiovisual, los dio junto a Tomás en el Cine Club Sigma, espacio aglutinador de una pléyade de jóvenes locos por hacer audiovisuales. A partir de ahí le perdí la pista hasta la mitad de los 90, ya yo me había graduado en la EICTV de San Antonio de los Baños, había rodado un par de cortos que habían adquirido cierto culto entre los cinéfilos y nos volvimos a encontrar para sellar una amistad-hermandad solo truncada con su absurda muerte en la playa de La Fajara (La Laguna, Tenerife) en agosto de 2004.
Para esa fecha, Terence ya había dirigido —siendo un adolescente—, el mediometraje de ciencia ficción Figuras en el paisaje (1987), por el que mereció el premio especial y el de la mejor banda sonora en el Festival Cine Plaza,  y más adelante los cortos Salto (1998) y Retrato vacío (1999). Seguía siendo el mismo cinéfilo empedernido capaz de consumir cualquier película que cayera en sus manos, desde la bazofia más zetoza hasta la más rebuscada película húngara de arte y ensayo. Recuerdo que Tomás discutía y a veces se burlaba de nosotros porque no entendía como gastábamos neuronas en ver películas «malas» de ilustres desconocidos para el cinéfilo «arty» como Jess Franco, William Lustig, Armando Bo o Ray Dennis Steckler y, por el contrario, no nos apasionábamos por clásicos como Tarkovski. Le contestábamos que además de ser divertido, así aprendíamos mejor, a no rodar de esa manera, que con las buenas aprendíamos poco porque eran perfectas y no había por donde cogerle.
No solo compartíamos esa pasión desmesurada por el cine, sino también por la música rock viniera de donde viniera, preferentemente hard rock o heavy metal y la literatura más perturbadora y extraña. Con su partida se fueron con él muchos de mis discos y libros bizarros. Amigo de sus amigos —porque tenía muchos—,  para Terence, todo el mundo tenía valores positivos: nunca lo escuché hablar mal de nadie ni lo vi metido en algún brete o miserias humanas tan características en el mundo del arte. Así era él.
            Terence  seguía obsesionado con estudiar cine, y a pesar de algunas almas oscuras reticentes a su entrada, logró para suerte de todos los que le queríamos, ingresar en la EICTV de San Antonio de los Baños, donde aun trabajo como encargado de Extensión Cultural y en esa época también era asesor de dirección en los ejercicios de tres minutos de la polivalencia. Desde ese momento me convertí prácticamente en su hermano mayor y mentor. 
En cuanto proyecto estuve  involucrado él participó como colaborador en alguna área específica. Recuerdo cuando rodábamos  Molina´s Solarix, Terence era el script y una tarde desapareció a la hora del almuerzo y regresó a media tarde cuando ya habíamos tirado cuatro o cinco planos más.  Sigiloso como para que yo no me diera cuenta, reportes en mano, se acercó al actor principal para preguntarle por cuál plano andaban. El actor Ricardo Becerra —que es tremendo jodedor—, le dijo que me preguntara a mí. Terence le contestó que no, que yo como director estaba muy ocupado con el rodaje y él no quería molestarme con esas pequeñeces. Ricardo me miró, Terence me miró, los tres nos miramos al más puro estilo Leone, silencio y, nos cagamos de la risa. Con esa aura y buena vibra que le rodeaba era muy difícil para mí encabronarme con él. Imagino que estaba terminando de ver alguna película finlandesa rara o «enredao» con alguna jevita en su habitación. En la escuela dio rienda suelta a su pasión y cinefilia —virtudes no demasiado comunes entre sus estudiantes— y a su fascinación por los géneros cinematográficos en completa libertad. Así comenzó una búsqueda que inició con el thriller mezclado con el absurdo, el splatter, la psicotronía  y el kabuki en Carniçeiro (2002), su ejercicio de tres minutos, en 16mm y hablado en portugués, el terror sobrenatural en su ejercicio de pretesis Eso (2002), y terminó con temáticas no tratadas o escasamente tratadas en el cine nacional como las drogas en el documental En vena y la marginalidad y las sustancias sicotrópicas en Bajo Habana.
Juntos realizamos El Sexo y la Bestia especie de versión camp del relato clásico La Bella y la Bestia fotografiada por Raúl Rodríguez y protagonizada por la actriz Zulema Clares y por mí. Todos estos trabajos no exentos de imperfecciones pero llenos de  riesgo y pasión, auguraban el cineasta que vendría. Con obras tan conmovedoras como el documental En vena (2002) y el corto de ficción Bajo Habana (2003), su tesis de grado, y habiendo probado por dónde iba su discurso, salió de la escuela con sus cortometrajes bajo el brazo a recorrer festivales y  a conocer el mundo que falta le hacía y nos hace a todos. 
Comenzó a preparar el que sería su primer largometraje: Accidente, basado en una experiencia autobiográfica, la muerte de uno de sus mejores amigos en similares circunstancias a las que un tiempo después moriría él.  La última vez que nos comunicamos me escribió un exaltado e-mail en el cual como un niño ante un juguete nuevo me dijo haber descubierto a la terrible condesa Bathory y estaba fascinado con el personaje. Le remití a un maravilloso texto sobre ella que había escrito la poetisa Alejandra Pizarnik, titulado La condesa sangrienta para que lo estudiara y quizás pensáramos algo juntos sobre el personaje y la posibilidad de realizar un filme. Desgraciadamente eso no pudo ser. ¡Lo extraño con cojones!