miércoles, 5 de septiembre de 2012

Havana gore/Juan de los muertos. Una crítica de Norge Espinosa

Publicado en http://www.cubacine.cult.cu/revistacinecubano/digital23/articulo31.htm

Havana gore/Juan de los muertos

Norge Espinosa
Norge Espinosa (Santa Clara, 1971), poeta, dramaturgo y crítico de teatro cubano. La mayor parte de los espectáculos que ha asesorado para el grupo Teatro «El público», ha merecido el Premio de la Crítica. Sus poemas se incluyen en antologías de poesía cubana en España, México, Estados Unidos y Cuba. Obtuvo la Orden por la Cultura Nacional y el premio Abril que otorga la Editorial homónima.

You´re gonna need a bigger zombie
Alejandro Brugués ha afirmado que su filme preferido es Jaws. Con ello quiere decir que el impacto de la película de Spielberg, conocida entre nosotros como Tiburón sangriento, provocadora en Cuba de una suerte de fiebre idéntica a la que supo desatar en tantos lugares del mundo a raíz de su estreno en 1975, lo acompaña tal vez desde la infancia. Ciertas pesadillas y ciertos sueños suelen exorcizarse solo produciendo otras tantas pesadillas, otros tantos delirios. La respuesta del joven director cubano, a partir de lo que pudo haber sembrado en sus noches de niñez y adolescencia aquel escualo plástico (el «Gran Mojón Blanco», como Spielberg lo bautizó ante la negativa del monstruo mecánico a funcionar según lo esperado en varias tomas), es Juan de los Muertos. Una película que quise disfrutar en la sala repleta, colmada de un público ansioso de ver La Habana mediante otras cotas de espectacularidad, y que saltaba de gozo en sus lunetas ante los efectos que convertían el caluroso paisaje en un ámbito donde Ed Wood, Regan MacNeil, Boris Karloff, Hal Warren, Dario Argento, Norman Bates, Frank-N-Furter, Abraham van Helsing, Morticia Addams, James Whale, Maila Nurmi, Eric Cartman y otras figuras de culto hubieran podido disfrutar de unas muy merecidas vacaciones, patrocinadas por George A. Romero, demiurgo del cine de zombies y no en balde heredero de ancestros cubanos. Llenar la capital de zombies, y crear un héroe que se autodefine como sobreviviente en otras clases de luchas (esta incluida), convierte a Juan de los Muertos, incluso antes de que pueda anunciarse su estreno oficial y se repitan las largas colas que activó durante la pasada y no tan colorida edición del 33 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en una entrada segura a la lista de los filmes de culto que la cinematografía nacional debería mostrar con menos pudor. Y entiéndase con ello que no hablo de los clásicos resabidos, sino acerca de esas otras producciones que, por rozar límites tan extremos, han terminado haciéndose de un lugar en nuestra memoria justamente por los excesos que les niegan o conceden el rango que tal vez las obras maestras más repasadas no podrán obtener. Cine de medianoche. Tanda doble. Cuidado: su vecino puede ser un zombie.
Un comité de zombies a la vuelta de la esquina
El cine de culto cubano contiene, así, obras tan distintas como Patakín, Siete muertes a plazo fijo, Patty Candela, El extraño caso de Rachel K., Casta de robles, o documentales que han demorado largamente en ser revalorizados, como P.M, Gente de la playa y Coffea arábiga. Filmes que en algunos casos asombran por la chapucería o ingenuidad que los identifica, y que en otros, por el contrario, deslumbran por sus adelantos, su estilización, sus calidades visionarias; que fueron incomprendidos en los días del estreno, y quedaron olvidados durante décadas. Entre esas películas, capaces de motivar el seguimiento y la adoración de fanáticos que pueden memorizar diálogos y fotogramas de esa cinematografía sumergida, algunas han conseguido unir los contrastes que desde la crítica y el fervor del auditorio dan a determinadas obras algo más que elogio y popularidad. Ahí está para demostrarlo Vampiros en La Habana, a la que ni siquiera su endeble y tardía secuela logró arrebatar el impacto vivo que goza desde su estreno. Los bocadillos y mejores chistes de ese filme de Juan Padrón se adhirieron ya a la memoria colectiva del cinéfilo cubano, y su procacidad y desparpajo, provenientes de los Filminutos del mismo director, nos recuerdan esa fascinación que, también desde el humor, puede regalarnos lo terrorífico. En lo que se demora en llegar esa mirada al cine de culto producido en Cuba, mientras otros hacen encuestas sobre los mejores momentos de nuestra cinematografía y olvidan hacer algunas sobre las peores secuencias, películas, carteles, guiones y actuaciones de la pantalla nacional, Juan de los Muertos revive todo esto, en una Habana de nuevo milenio en la cual, cómo no, por qué no, un comité de zombies puede agitarse a la vuelta de la esquina. Tropicalizar los demonios de Shaun of the Dead resulta, entonces, una invitación a revisitar todo ese panorama con un gesto menos ingenuo y, sin dudas, más subversivo.
 
 Juan (Alexis Díaz de Villegas) y Lázaro (Jorge Molina) 

Afortunadamente, la película no se llama Zombies en La Habana. Juan de los Muertos es no solo el título del filme, sino el eje, en tanto personaje e ideología, que mueve toda la trama. Juan es un cubano con los pies en la tierra que debe, repentinamente, creer en algo que lo sobrepasa. Sin que jamás se expliquen las causas, la capital de la Isla empieza a poblarse de zombies, en un remedo de otros filmes semejantes que también debe al cine Z, pero que mira con arrobamiento hacia La noche de los cuerpos vivientes y tantas joyas oscuras de ciertos subgéneros. El resultado es un filme explosivo, hecho a trazos de brocha gorda, con humor de sal gruesa, gustoso de un aire cercano al comic, a la vez que impregnado de un sentido del desacato y la humorada que hacen de La Habana algo más que paisaje. Juan de los Muertos recoge el guante de Padrón y sus vampiros para explicarnos de qué manera pueden convivir el horror y el choteo, salpicando un entorno que no deja fuera de sus fotogramas la saturación de matices políticos, la machacona y simple manera con la cual la televisión y otros medios insisten en «explicarnos» una realidad en la que estos y otros acontecimientos repentinos podrían no tener una causa lógica. La irreverencia del filme opera por contagio; de ahí que puedan combinarse, durante la misma proyección, algunos gritos de horror y una oleada firme de carcajadas. Alejandro Brugués nos recuerda que somos extremos vivientes. Es por ello, y no solo por sus bromas digitales, por su apego a efectismos no siempre necesarios, y por escenas que hubieran podido quedar en la sala de edición, que nace mi deseo de ver anunciada esta película en los mejores cines de la Isla. Y también en los de condiciones menos óptimas, ausentes de la cartelera del Festival mismo, porque todo el mundo tiene igual derecho. Debería tener igual derecho.
Con una banda de amigos integrada por Lázaro (Jorge Molina) y su hijo Vladi California (Andros Perugorría); La China (Jazz Vilá) junto a El Primo (Eliecer Ramírez), y su hija Camila (Andrea Duro), Juan de los Muertos (Alexis Díaz de Villegas) decide sacar partido a la invasión de zombies cobrando por librar a los ciudadanos de la amenaza que tales monstruos representan. El filme está poblado de cameos, algunos memorables, como el de una deliciosa Elsa Camp en la mejor línea de la Ruth Gordon de El bebé de Rosemary, lo que permite reconocer a varios de los mejores actores cubanos representando papeles mínimos en esta trama tan delirante. Baste recordar, también, a Diana Rosa Suárez, Luis Alberto García, Blanca Rosa Blanco o Eslinda Núñez como la presidenta del CDR en la reunión durante la cual irrumpe uno de los primeros monstruos. Gracias a un cuidadoso trabajo de maquillaje y de dirección de arte (Derubín Jácome), lo que parecería difícil de creer va ganando una escala ante nosotros en la que, sin apelar a la tecnología más aguzada y costosa, los ingenios del equipo de postproducción se las arreglan para que veamos a un helicóptero estrellarse contra el Capitolio (como en La guerra de los mundos en su versión de los años cincuenta), o derrumbarse el edificio Focsa para que el auditorio ovacione. La fotografía y la edición de Carles Gusi y Mercedes Cantero se confabulan para que creamos en los destazamientos de cuerpos, en la marcha submarina de los zombies, y en una Habana que se va multiplicando en ruinas y acaba con La Rampa cubierta de automóviles destrozados, a la manera del camión que se estrella contra el cartel que proclama «Revolución o Muerte». La Plaza de la Revolución y otros sitios de fuerte carga política son inundados por muertos vivientes, en planos que tal vez muchos hubiesen creído imposibles, dada la sacralización que esos mismos espacios han tenido en el propio cine cubano durante los últimos cincuenta años. Los zombies son tildados de disidentes a lo largo del filme, producto de una invasión supuestamente pagada por un gobierno enemigo, y ello da pie a una lectura tan gozosa como desparpajada de ciertas zonas de lo que somos, del modo estrecho y político en el que se nos describen varias posibilidades. Pero el único personaje dispuesto a explicar qué son exactamente estos invasores, y por qué se encuentran entre nosotros, muere antes de revelar su secreto, del modo más estúpido, con lo cual la broma del director se refuerza: justamente no darnos una clave que otros considerarían imprescindible y lógica. El espectáculo tiene que ser otra cosa, incluso algo que no precisa de argumentaciones más sólidas. Eso le otorga a Juan de los Muertos mucho de su fuerza en términos irreverentes, al tiempo que le aporta no pocas de sus debilidades narrativas. Porque no se trata de exigirle razones y clarificaciones más obvias, sino de equilibrar el tono desaforado del filme a fin de que no queden cabos sueltos, ideas poco desarrolladas y aprovechadas, o chistes que por sí solos no rebasan un valor demasiado inmediato.
El rejuego con lo político que expone el guion, a partir de que un encartonado locutor televisivo anuncia la oleada de indisciplina social causada por grupúsculos de disidentes pagados por el gobierno de los Estados Unidos, conduce a otros planos de comentarios que permiten sobrepasar la simple maniobra de limpieza de zombies en la que se adentra Juan con su tropa insólita. Él mismo lo dice: «Los disidentes son lentos, por lo menos eso está a nuestro favor». Luego, sin embargo, queda claro que se trata de algo más. Cómo reconocer a los zombies entre los no infectados si todos parecen comportarse como tales, dice otro personaje aduciendo la monotonía y rutina de todas sus vidas. La efectividad de tales chistes o claves depende en gran medida de lo que cada actor le aporte. En ese sentido, Alexis Díaz de Villegas justifica a plenitud el que Alejandro Brugués lo haya anunciado desde los primeros esbozos del proyecto como el único actor en el que confiaba para tal papel. Proveniente de una destacadísima trayectoria en el teatro, con apariciones ocasionales en la televisión y el cine, Alexis ha sabido madurar todo lo que trae consigo para hacer de Juan un hombre de todos los días, un cubano en el que podamos creer a sabiendas de su naturaleza de luchador implacable. «Este es el Paraíso y nada podrá cambiarlo», asegura Juan, negado a huir hacia Miami, listo para continuar la lucha por sí mismo. Y quizás, también, para una secuela.
A su lado, Jorge Molina crea un Lázaro que consigue una rápida empatía con el público a partir de su descaro, su conducta impropia, en sabroso contrapunto con Juan. Logra incluso que un largo momento, la espera del amanecer tras el cual sabremos si está o no infectado, se haga soportable, para culminar con un hermoso plano en el que ambos compadres ven la salida del sol, sentados ante el célebre lumínico del Hotel Habana Libre. Jazz Vilá pone en simpático peligro las normas del buen ser, en estos tiempos de otra lucha por la diversidad sexual, sacando a flote una China armada de un tirapiedras letal, tan preciso como sus chistes más procaces. Andros Perugorría y Andrea Duro quedan por debajo del carisma que estos actores y hasta algunos de los zombies logran aportar al metraje, con una escena de romance verdaderamente fatal, que bien hubiera merecido un retake. O un zombie que los hubiera interrumpido. Quién sabe si, de existir esa secuela que imagino, puedan volver con mayor seguridad a los mismos roles. Let´s pray.
 
  Vladi California (Andros Perugorría), Camila (Andrea Duro), Lázaro y Juan 

A lo largo del visionaje, sentí no pocas veces que Brugués tenía en las manos una idea valiosa, aunque no siempre tenía firmes sus riendas. El tono general del filme, que posee una banda sonora en la que los ecos de Irakere y su Bacalao con pan son lo más memorable, lucha contra esa impresión. Pero también ello identifica y singulariza a Juan de los Muertos: sería otro filme y merecería otro comentario de no contener tanto nervio crispado. Mucho le costó a Steven Spielberg el guion sólido a partir del cual hizo de Jaws el primer blockbuster; incluso el cine destinado a arrancar gritos al lunetario debe sostenerse mediante un cuidadoso trabajo de escritura y ajuste de detalles. Si como Brugués asegura, piensa dejar a un lado por ahora a los zombies, le deseo que regrese al cine de género con la misma ansiedad, con la misma impaciencia, y con un mayor control de algunos de sus puntos argumentales. Gracias a él, La Habana ha sacado a la luz del día varios de sus monstruos. Y han sido acogidos, como corresponde a ciertos tópicos de nuestra idiosincracia, mediante la mezcla de respeto y desparpajo, con la que también hemos entonado congas de recibimiento incluso a personajes de muy alto rango. Espero que ese haya sido un gesto liberador, y que otras historias no menos delirantes puedan hacer de la capital, y de Cuba, un escenario capaz de asombrarnos con tramas y personajes menos previsibles. En un país que cambia tan rápido. Y que puede contar historias tan estremecedoras. También en su cine.
Mami, ¡llegaron los zombies cubanos!
El cine nacional ha despedido el año 2012 con dos películas que podrían marcar la apertura hacia esas otras sendas. En Verde verde, a dos décadas de Fresa y chocolate, Enrique Pineda Barnet, Premio Nacional de Cine, nos recuerda que los deseos homoeróticos exigen respeto e independencia no solo simbólica, sino a través del cruce de cuerpos, sangre y sacrificios. En Juan de los Muertos, el derecho a imaginar otras visiones, a recrear lo que somos a partir de extremos cercanos al pulp fiction, llega finalmente a la pantalla grande cubana, con un respaldo de producción –La Zanfoña Producciones (España), Producciones de la 5ta Avenida (Cuba), entre otras– y economías que alcanzarán una resonancia mayor cuando el filme comience su carrera internacional, a partir de enero, dejando atrás los festivales donde ha sorprendido. En cierto modo, tal vez casi secreto y menos cómodo de lo que hubiesen preferido otros, estas películas indican un punto de giro hacia cómo asimilar esas historias y estos personajes de un modo que rebase la consigna, la campaña de salud u orientación social, y la sonrisa conciliatoria. Todos ellos están entre nosotros. Y tal vez la analogía de deseos y sangre con el terror no tenga esta vez, necesariamente, que ser asumida como un síntoma de inferioridad, sino como la expansión de un concepto social donde elegir una actitud y una conducta nos haga más honestos. No sé si después de la castración y la culpa de Verde verde tendremos que aguardar otros veinte años antes de que nuestros cineastas miren a los homosexuales con mayor atrevimiento. O si tras Juan de los Muertos otros se atreverán nuevamente con el cine de horror, con el thriller, y otros fragmentos dispersos, para volver a convocarnos como una multitud dispuesta a compartir en la sala oscura gritos y risas. Pero tengo fe y espero. Sentado en el Malecón al que mira el amplio ventanal de Verde verde, y sobre el cual salta Juan para recomenzar su batalla contra los zombies. Esa fe me acompaña, en la misma Habana que cruza tales páginas. Ellos volverán.

lunes, 27 de agosto de 2012

ERA UNA NOCHE DE LUNA, CUANDO YO LA CONOCÍ

Aquí un hermoso y nostálgico artículo publicado por el amigo Jorge Dalton en www.cafefuerte.com  que me pareció interesante compartirlo con ustedes.
Era una noche de luna, cuando yo la conocí
Jorge Dalton
Al niño Conte y a Ana Laura Bode
Los Autocinemas tuvieron su auge en la década de los 50s, siendo estos uno de los iconos más representativos de la cultura norteamericana. Había surgido un espectáculo sin precedentes que más bien serviría para entretener a esa juventud desencantada luego de concluir la Segunda Guerra Mundial. Nació también la llamada cultura adolescente de los “rebeldes sin causa”, con figuras como James Dean y Marlon Brando. Para una joven de 15 o 17 años ir con su novio al Autocinema era el sueño hecho realidad bajo las estrellas. No solo significaba dar el primer beso en un flamante carro convertible, sino que se hacía frente a una inmensa pantalla de 70 mm en un derroche de pasión y tecnicolor.

Los héroes juveniles de los prósperos años 50 desfilaban delante del parabrisas. Modelos de autos convertibles como el Pontiac, año 1956 y el Mercury “Sun Valley”, año 1954, eran ideales para ir a presenciar el cine de una manera distinta. Por otro lado, no había que hacer el más mínimo esfuerzo pues las palomitas de maíz, las sodas, helados, hamburguesas y sándwich, eran ofrecidos en la misma ventanilla de tu auto. Toda esa cultura era parte del panorama cubano de esos años. Los Autocinemas eran maravillosos pero al mismo tiempo, propiciaron la obesidad y la huevonería, otra de las características más notables de la cultura norteamericana.

Fue precisamente en esa década, que La Habana sufrió una acelerada transformación y se convirtió en el gran experimento de esa cultura, la cual sobrevive agonizante y corroída hasta nuestros días independientemente de los largos años de Revolución Socialista. Fue en esos años, que se eliminaron los tranvías de las calles, los aires madrileños comenzaron a desaparecer y se dio rienda suelta a la modernización al estilo norteamericano. Lugares como El Nuevo Vedado, Altahabana o el Casino Deportivo, por nombrar solo algunos barrios residenciales, se construyeron en el mejor estilo arquitectónico norteamericano.

Tengo entendido que en alguno de esos barrios, no sé si en Altahabana, existió un Autocinema pero el de mayor renombre se llamó “Autocine Novia del Mediodía”. Nunca podré olvidar la noche cuando la conocí en 1972, yo cursaba el quinto grado de primaria en la escuela “Hermanos Montalvo”, un internado para varones y con disciplina militar que quedaba en casa del carajo, entre los pueblos de Caimito y Guayabal y estas son las santas horas que no sé quiénes eran los "Hermanos Montalvo”.
Para ir a esa beca, tenía que emprender un largo recorrido todos los domingos. Nunca fui solo, lo hacía con mi hermano Juan José que cursaba el 6to grado. Pero antes de partir, pasábamos por el solar de la calle 9 y H donde vivían Rigoberto y su hermano que apodaban “Botella”, los dos estudiaban en la misma escuela. Estos dos negros siempre lucían impecables, entalcados, olorosos y con las botas bolúas lustradas como espejos. La ropa brillaba también, con las camisas y pantalones almidonados por su madre que era una incansable lavandera.

A las 5:00 en punto se iniciaba nuestro viaje, acompañado de estos dos negros entablillados pues su mamá les almidonaba hasta las medias y los calzoncillos.

A las 6:45 pm cogíamos una guagua en la Plaza de Marianao que nos dejaba en el pueblo de Bauta. Ya entrada la noche, a la salida de Arroyo Arenas, en la calle 51, al llegar a la autopista “Novia del Mediodía”, sobresalía intacta la pantalla del auto-cine con el mismo nombre, donde se producía uno de los acontecimientos que más amo y recuerdo.

Da la casualidad que una noche exhibían “Casablanca” y pude ver desde la ventanilla de la guagua, el momento en que Bogart besaba a Ingrid Bergman, antes de fugarse de París. Por mucho tiempo he soñado con ese instante, con ese conocido y bello fotograma suspendido en el aire, en medio de la oscuridad penetrante del campo cubano.

El autocine “Novia del Mediodía” es una de las numerosas joyas clásicas de la cultura norteaamericana que sobrevivieron a una larga agonía en Cuba. No sé quién habrá sido su dueño y porque esa autopista y el autocine tenían tan particular nombre, basado seguramente en fugaces encuentros amorosos a mitad del día.

Por fortuna al año siguiente me trasladaron a otra beca que quedaba entre los pueblos de Cangrejeras y Santa Fé, muy cerca de Arroyo Arenas. Una escuela mixta que se llamaba José Manuel Lazo de la Vega, donde terminé mi último año de primaria. En ese internado yo tenía unos amigos guajiros en los pueblos de Bauta y Corralillo. Algunos sábados, en lugar de ir a mi casa en La Habana, prefería quedarme con ellos todo el fin de semana para acompañarlos a cazar patos en la Laguna de Ariguanabo. Lo hacía también con la intención de saciar mi curiosidad por ir al “Novia del Mediodía”. Mis amigos eran mayores que yo y me habían prometido llevarme.

La única vez que fui no había un alma, muy pocos lo visitaban, los audífonos no existían, todo estaba ya oxidado y los carros convertibles, las sodas, los helados y las hamburguesas solo se podían imaginar cerrando fuertemente los ojos. Para no torturarnos tanto, llevamos en una jabita, discos voladores, kekes, cangrejitos y unas pergas con guachipupa de mantecado que habíamos comprado en Bauta.

El proyeccionista, condenado también a una tediosa y prolongada muerte, llegaba todas las noches y pasaba la película sin importar que hubiese o no, gente, así justificaba sus horas laborables, en una actitud de ultratumba, con una parcimonia muy peculiar de los tantos fantasmas que habitan mi celuloide.

Pedro Crespo, Eladio Castillo y yo nos sentamos en el piso, con la boca abierta y la vista fija en la tela blanca donde se produciría la magia. Parecíamos tres enanitos en medio de aquel descomunal cementerio del cine, hogar de esa misteriosa pantalla gigante abandonada en las tinieblas de la noche y que solo podía apartarse de la tristeza en el instante mismo que se encendía el proyector. De pronto, se iluminaba la manigua, se apagaba el sonido de los grillos mientras todo se hacía música e imagen en sucesión. Comenzaba así, la función de cine más bella que he asistido jamás.
Nota del autor: El Autocine “Novia del Mediodía”, que yo recuerde, sobrevivió en estado deplorable hasta después de finalizada la década de los 70s. Luego se convirtió en un lugar desierto y la estructura metálica de la pantalla se fue oxidando pero por muchos años, la pantalla seguía ahí. El enorme terreno se fue convirtiendo en un basurero y luego en un parqueo para camiones y carros del estado. Todo desapareció y muchos cubanos hasta ya olvidaron que ahí existió uno de los mayores Autocinemas de América Latina.
Cubanismos
Guagua: Ómnibus.
En casa del carajo: Muy lejos.
Manigua: campo, monte, selva cubana.
Jaba, jabita: Bolsa para mandados ya sea de tela o nylon. La jaba es de uso vital para la vida del cubano hasta el punto que todos en la isla se dividen en: Cabeza, tronco, extremidades y jaba.
Perga: Vaso popular fabricado de cartón y cera.
Kekes: Galletas caseras. Fueron muy típicas en las zonas rurales.
Guachipupa: Refresco de esencia.
Disco volador: Sándwich cubano muy popular, elaborado mediante un raro artefacto casero, una especie de prensa metálica que pudiera servir también como arma de defensa personal.
Publicado en CAFE FUERTE

jueves, 23 de agosto de 2012

RAMPARTE

Como parte de las actividades del verano en La Habana, todos los años se celebra en el Pabellón Cuba, la Feria Arte en la Rampa, con exposiciones y ventas de artesanías, obras de arte utilitarias y de adorno, ropa, calzado y bisuterías. La feria incluye en su programación numerosas actividades culturales.
Por las tardes, se presentan peñas, de jazz, trova, décima y otros géneros musicales, mientras que por las mañanas de los fines de semana, hay actividades variadas para los niños. En una de esas actividades de la tarde, el amigo Renecito de la Cruz tiene un espacio diario donde invita a músicos y actores para encontrarse con el variopinto público que frecuenta el Pabellón Cuba en estos calurosos días. He aquí donde entra Molinator and friends. Renecito me llamó hace unos días y me rogó encarecidamente que fuera a su peña este miércoles 22, que él había hablado con el Majá y esto y lo otro y que la íbamos a pasar bien, que habría tragos, etc,etc. Me puse en contacto con Alexis quien me dijo que iba si yo estaba, sino, no. Le dije lo mismo que si el estaba, yo estaría, entonces acordamos ir aunque a ambos no nos gusta mucho ese tipo de faranduleo. Pues la cosa era pasarlo lo mejor posible y no dejar embarcao a René.  Le conté a Jazz Vilá y también se apuntó y así fue que ayer en la tarde aparecimos en el Pabellón Cuba a quedar bien con nuestro amigo actor. LLegué yo primero, solo. Mi mujer y mis hijas están en Oriente. Renecito aún no había llegado. Después apareció Jazz y más tarde Alexis acompañado de Linda, su novia que está embarazada. Así que pronto seremos tíos de otro majacito o una majacita más. Nada más llegamos y había una tremenda algarabía porque Leo, ex-integrante de la Charanga Habanera, popular presentador  del programa Piso 6 y ahora cantante de éxito en solitario, estaba firmando posters y presentando  su nuevo disco. Jazz se fascinó con el pepillo y me hizo meterme en un molote a conseguir que el ídolo le firmara un poster con dedicatoria y todo. Bueno, no fue exactamente así. Jazz me dijo que le gustaría un poster y yo de jodedor que soy me metí entre la gente a conseguírselo costara lo que costara. Cuando llegué al cantante, ya los posters se habían acabado, pero Leo me señaló  unos posters que estaban pegados en las paredes y raudo arranqué uno,  se lo pasé para que lo firmara y dedicara a mi amigo Jazz que estaba por allá comiéndose las uñas. En efecto, aparecí con el preciado Poster y Jazz se puso muy contento. Alexis y yo nos cagamos de la risa. Creo que Jazz consiguió el teléfono del cantante.
Después René nos presentó y entre preguntas interesantes unas, sicotrónicas otras y algún que otro mal chiste de Renecito pasamos un rato muy divertido los tres actores de Juan de los Muertos, una película   que a pesar de haber tenido un pésimo estreno nacional, increiblemente nos mantiene en la psique popular y la gente nos reconoce en la calle, muestra de ello es que al final tuvimos que tirarnos montones de fotos con parte del público allí presente y firmar cuanto objeto llegó a nuestras manos, desde agendas, pedazos de papel,cartones, tarjetas, ropa interior y hasta billetes de moneda nacional. ¡Qué falta de respeto! Un par de stills tomadas por mí y las otras tomadas por la hermosa Lina Saroza, talentosa saxofonista y novia de mi amigo Alex Medina.

martes, 21 de agosto de 2012

BARMAN FOREVER Y QUE TRISTE VENECIA SIN TI

Anoche terminé mi participación en Venecia, la película de Kiki Álvarez. Se rodó el comienzo de la secuencia de la discoteca que parte desde la barra del bar y termina con la escena de sexo del baño público, ya rodada anteriormente. La escena en cuestión es cuando las tres protagonistas Violeta, Mayelín y Mónica, están bebiendo cerveza en la barra y yo, el barman, reconozco entre ellas a Mónica, quien fue una colega del preuniversitario, en Matanzas, a la cual mi personaje, Osvaldo, deseó siempre y nunca pudo tener. A partir de una pauta que nos dió Kiki, la improvisación fluyó bastante bien y la escena generó una atmósfera divertida y de mucha química entre los personajes. ¡Al fin! Jazz convenció a Kiki para tener su añorada escena con Molinator, el barman y rememorar tiempos pasados. Improvisamos una conversación sicotrónica muy graciosa que es la que cerrará la escena. Hoy me acabo de enterar de la muerte por suicidio lanzándose de un puente en Los Angeles de Tony Scott, el hermano de Ritley, quien vivió siempre a la sombra de su mítico hermano pero hizo algunas películas que estaban bastante bien como The Hunger, Top Gun, The Last Boy Scout, True Romance y Crimson Tide . ¿Por quié hizo eso? Aquí algunas stills de anoche.

sábado, 18 de agosto de 2012

VENECIA PARTE DOS

Hace un par de días, más exactamente un par de noches, estuve en el rodaje de Venecia, la nueva película de Kiki Álvarez. Como les conté antes, Venecia , narra la historia de tres mujeres, Violeta, Mónica y Mayelín que trabajan en una peluquería estatal y que el día del cobro deciden acompañar a una de ellas a comprarse un vestido. Se inicia así un itinerario de sucesos imprevistos que las llevará a pasar la noche juntas, amaneciendo con el sueño común de abrir un salón de belleza propio al cual nombrarán Venecia. La película tiene como director de fotografía al colombiano Nicolás Ordoñez, está producida por las cubanas Ivette Liang e Ivonne Cotorruelo, y está protagonizada por Claudia Muñiz (Violeta), Maribel García Garzón(Mónica) y Marianela Pupo (Mayelín). Venecia recorrerá algunos rincones de la noche habanera, con la intimidad y el voyeurismo de una cámara fotográfica capaz de captar en alta definición los más recónditos rincones de una ciudad que permanece viva en el sueño, la tenacidad y la sensualidad de sus habitantes. Esas dos noches se rodaron uno de esos imprevistos que le suceden a sus tres protagonistas, una de ellas, Mónica a quien da vida Maribel García Garzón, se tropieza con el personaje que interpreto, Osvaldo, un barman, y este la seduce en un baño de una discoteca media trasha, bueno, primero la convence previo un par de pasillos en la pista de baile reguetón por medio, de irse con él, a tener sexo en el baño del local. La química con Maribel fue espectacular y la escena que tenía que ser de alto voltaje, tuvo de verdad haute tension, incluyó sexo con violencia aderezado con cunilinguus y analinguus hermosos que no se si la cámara poética de Nicolás y Kiki permitirá ver al espectador, ya que mientras la escena ocurría, se decantaba en un lento recorrido por vitrales y espejos del lugar. Esa noche me reencontré en la pantalla con Jazz Vilá quien acababa de regresar de España e interpreta en el filme a un trasvesti que tiene una romántica historia con el personaje de Violeta interpretado por la actriz y guionista Claudia Muñíz. Nos cruzamos Jazz y yo en una escena en la película, creo que se podría haber aprovechado más nuestra presencia, pero fue solo un flashazo, nos cruzamos cuando me llevo a la chica al baño y el trasvesti nos mira con cierto desprecio. Fue muy lindo reencontrarnos y la pasé estupendamente ese par de noches haciendo una de las cosas que más me gusta: actuar. ¡Ah! Se me olvidaba. El TPR salió mal y tuve que sacarme la muela. Aquí algunas stills de esas dos noches.

jueves, 9 de agosto de 2012

MOLINA EN VENECIA

A partir de ayer 8 y hasta el 23 de agosto, el realizador cubano Enrique (Kiki) Álvarez estará filmando su más reciente largometraje, Venecia (título de trabajo), en locaciones interiores y exteriores de La Habana. Escrito por la joven actriz y guionista de Jirafas, Claudia Muñiz, Venecia se propone contar la historia de tres mujeres que trabajan en una peluquería estatal y que el día del cobro deciden acompañar a una de ellas a comprarse un vestido. Un conjunto de sucesos imprevistos las llevará a pasar la noche juntas y amanecerán con el sueño común de abrir un salón de belleza propio, al cual nombrarán Venecia. La cinta profundizará en el hecho de ser mujer en Cuba, en los caminos hacia la adultez y, sobre todo, en la amistad. En esta película independiente Molinator interpreta a Osvaldo, un barman que reconoce esa noche a una de las tres amigas como una colega del preuniversitario y se plantea seducirla ya que esta era una asignatura pendiente que él tenía. Para Kiki Álvarez, Venecia como Jirafas, su anterior largometraje, abren la posibilidad de desarrollar una investigación artística que, a partir de improvisaciones, permita a los actores utilizar su energía vivencial en la construcción de sus personajes, y privilegia el instante de la puesta en escena como centro creativo de una escritura cinematográfica que busca lo real en la multiplicidad de los puntos de vista. Este es el segundo proyecto cinematográfico de una cooperativa formada por profesionales de variadas nacionalidades que se conocieron trabajando o estudiando en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV). El primer largometraje de esta agrupación fue Jirafas, cinta anterior de Álvarez, recientemente estrenada. Kiki Álvarez tiene una extensa filmografía, que agrupa los cortometrajes Espectador (1988), Amor y dolor (1990), Crisis (2002), Escuadra hacia la muerte (2003), Domingo (2007), Al día siguiente (2009); el mediometraje Sed (1991) y los largometrajes La ola (1994) y Marina (2011). Actualmente se desempeña como coordinador de la Cátedra de Dirección en la EICTV.